Me siguen presentando como “mi hermanita”… soy la menor de tres hermanas. Puedo decir sinceramente que después de pasar las etapas normales de peleas por quién usó el suéter de quien o comerse el último pedazo del pastel que mi papá llevaba cada fin de mes, somos mujeres adultas que se aman profundamente, se extrañan y añoran el tiempo juntas y es difícil pensar en voces más llenas de aliento y ánimo para cada locura que emprendo.

Con todas las disfunciones típicas que tiene nuestro árbol familiar, aquí hay algunas cosas que puedo rastrear en nuestra crianza, que forjaron nuestra buena relación entre hermanas (sin un orden particular):

  1. Nunca me cantaron Feliz cumpleaños en la fiesta de una de mis hermanas. Jamás recuerdo a mis papás afanados por “emparejar” las cosas entre nosotras. Si era el día de ponerle atención a una de las tres, las demás nos alegrábamos y la celebrábamos.

Recuerdo bien el día que mi hermana mayor participó en su recital de ballet y usó un vestido celeste como de sueño y llegó un fotógrafo. Se veía como una muñeca. Debo haber tenido 5 años y solo recuerdo sentir admiración.

O la vez que el padrino de mi hermana mediana le llevó rosas en su cumpleaños y también le dijeron: “a ver, vamos a tomarte una foto con tus rosas”. Todos pensamos: “qué precioso detalle”. Yo fui la única que pidió recibir clases de piano y en los recitales, mis hermanas estaban allí para aplaudirme.

Lo mismo con las compras. Si una necesitaba zapatos, se los compraban. Si las otras no los necesitábamos, pues no. 

Cuando los niños no asumen que se merecen recibir exactamente lo que recibió su hermano, desarrollan la capacidad de ser individuos y alegrarse por la fortuna del otro, es lo normal.  La gente que piensa que es el centro del universo, lo aprendió en su casa.

hermanas

2. Mis dos papás son buenos hermanos para sus hermanos. No me había dado cuenta de lo fundamental que es esto, pero consistentemente vimos a nuestros papás alegrarse y celebrar los nuevos trabajos, casas, viajes o logros de sus hermanos y más aún, correr a auxiliar con lo que les fue posible, en momentos de necesidad, aun si en el momento no nos dábamos cuenta o al ver las acciones, no comprendíamos completamente.

3. Compartimos el mismo baño los cinco. Otra cosa que no llegué a apreciar sino hasta recientemente, cuando por enésima vez mis hijos discutían por usar uno de los tres baños a los que tienen acceso. En la casa donde crecí había turnos y ya… (quizás mi pobre papá tenga otros recuerdos, pues estaba rodeando por tanta mujer, pero yo solo sé que considerar el tiempo y espacio de los demás debe haber hecho algo profundo entre nosotras).

No significa que voy a clausurar dos baños aquí, pero definitivamente jamás inauguraré un cuarto, porque les recuerdo con cada lío, que el problema no es el número de baños sino su propio corazón egoísta, y aunque hubiera 100, encontrarían otras mil razones para fastidiarse.

4. Nunca le atribuyeron a mis hermanas la responsabilidad de encargarse de mí. Sé que en ocasiones no hay opción y he oído historias muy conmovedoras de hermanos mayores que quedaron a cargo de sus hermanitos y eso forjó un amor muy profundo, pero creo que debemos ser cuidadosos en no cargar a nuestros hijos con roles que no fueron diseñados para desempeñar.

¿Es bueno que el mayor dé el ejemplo y sea un modelo a seguir? ¡Es lo ideal! Pero asumir que está sobre sus hombros el desempeño de los demás puede llegar a ser una carga insoportable. Tengamos cuidado y más bien inspiremos a cada uno a caminar en integridad por amor al Señor y al prójimo y recordémosles que cada uno dará cuentas de sus acciones.

Pd: naturalmente, y especialmente mi hermana mayor, siempre ha sido maternal con nosotras sin que alguien le dijera.

5. Tuvimos una vida simple. Siempre se cubrió lo necesario y hasta pudimos viajar un par de veces (ya saben, con esa vieja confiable de quedarnos en casa de la familia “de allá” y cuando había hambre, sentarnos en la banqueta, sacar panes de la mochila a medio Disney) pero en el día a día, había tiempo para salir al campo, ir a nadar, oír buena música y sentarse a comer comida “de verdad” en el comedor.

Es impresionante lo que el ritmo predecible de una familia normal (con miles de defectos y dolores) construye en el alma de los niños que tuvieron la fortuna de ser familia.

Al final, no hay fórmulas mágicas para lograr el amor entre hermanos, pero sí podemos ser intencionales en marcar pautas que ayuden a nuestros niños a vencer la inclinación natural hacia el egoísmo, porque al final, los hermanos son provisión de Dios no solo para jugar o compartir, sino para pulirnos y practicar el perdón vez tras vez.

Nací en Guatemala y aquí he vivido toda mi vida. Soy hija de una mujer trabajadora y bilingüe que jamás me mandó al colegio sin desayuno, ni tarde, y un músico que tuvo que ser visitador médico para que no muriéramos de hambre, pero que llenó mi vida de un soundtrack impresionante y de libreras igualmente ricas. Su mezcla me dio el sabor que tengo y no los cambiaría. Soy esposa de Alex López, somos papás de Ana Isabel, Juan Marcos, Evy y Darly Alejandra. 2 por biología, 2 por adopción, todos por gracia y ninguno como plan B. Aixa escribe regularmente en su blog Corazón a papel y es autora de Lágrimas Valientes (Lifeway 2017)