Huellas de dedos. Rayones. Marcas de platos demasiado calientes. Gotas de goma seca. Un poco de salsa de anoche.

Todas sobre mi mesa y se sienten como tachuelas en el corcho de mi alma, sosteniendo tantos de los recuerdos que me forman. Ver esa superficie y tratar de pulirla me recuerda a nosotros. Las oficinas llevan su contabilidad y las familias, sus mesas de comedor. Esos nobles muebles son protagonistas de casi todas nuestras historias y testigos de cómo nos fuimos haciendo lo que somos. Y antes que un mantel manchado, lo que se extiende es una gracia que damos por sentado con demasiada frecuencia. La gracia que Dios incluye al hacer sus ensambles de gente a la que llama familia, con la cual nos cubre porque conoce nuestras enormes limitaciones.

Voy puliendo para tratar de verla más presentable y se reviven la risas y los llantos. Veo los berrinches y los convenios. Las miradas y los suspiros. Allí, de porción en porción nos hemos nutrido de lo que necesitamos: de debilidades, unos de otros y con eso, verlo a Él…

Las marcas en la mesa dan fe de que aquí se vive, se sufre y se canta, juntos. Regresar cada noche a vernos las caras, a tomarnos de la mano para dar gracias y pedir perdón, es el ejercicio sagrado de aceptar la voluntad del que nos unió y para quien vivimos como lo hacemos.

La superficie de esta mesa de madera, que dejó de ser como fue en la tienda, corresponde con la historia que nunca ha sido el cuento de hadas que anuncia el mundo; y hay mucha belleza en una mesa golpeada por ser usada para la vida bien vivida, que no es lo mismo que la vida del Instagram. Él nos diseñó para reflejarlo y nos saca brillo chocando una vida con otra, no con encuentros esporádicos, sino citas constantes y sencillas. Como gotitas de agua. Cenas de frijoles y huevos. Tardes de café con pan. Poniendo la mesa y volviendo a recogerla y limpiarla. Vez tras vez tras vez. Allí.

Los golpes de la mesa son insignias que demuestran que nos seguimos reuniendo, rodeándola, insistiendo en que el plan del Señor es bueno para nuestra alma y que practicamos lo que lo vemos hacer a través de la ventana de esas páginas divinas… porque Él partía pan y daba gracias. Y entraba a sentarse, a ver a los ojos sonriendo y abrazaba, festejaba, consolaba. Y de mesa en mesa llenaba mucho más que estómagos… de plato en plato se volvió nuestro pan que sacia, de conversación en conversación el carpintero nos modeló cómo se lleva la cruz hasta completar una misión. Alrededor de la mesa aprendió obediencia, sentado a la par de su papá aprendió el Torah, comiendo bocados comprendió lo que es amar a quienes lastiman, sirviendo la mesa experimentó los primeros pequeños gozos al dar y practicó el dar gracias. Allí, siendo el pequeño de alguien, el hermano de alguien, el vecino de alguien. Antes de salir al mundo -más o menos treinta años- pasó dejando marcas en esa pequeña noble mesa en Nazareth. Antes de las mil versiones de la última cena, vinieron unas diez mil mañanas de decir buenos días y de partir el pan sin retratos que lo cuenten. Si hubo una Santa cena es porque hubo veinte mil santos almuerzos de pescado, trigo molido y agua a la orilla de lagos y carreteras.

Si Dios hecho hombre hizo mesas, se sentó a la mesa y nos invita a su mesa, debe ser que sentarnos cada día a practicar ser familia tiene un peso eterno y simboliza algo más grande. Viene el día en el cual nos sentaremos a ser familia en un gran banquete y las marcas más preciosas estarán en las las manos que nos darán la bienvenida. Marcas de clavos que borrarán todas las demás marcas. Y seremos perfectamente lo que veníamos practicando con torpeza desde hace tanto.

Nací en Guatemala y aquí he vivido toda mi vida. Soy hija de una mujer trabajadora y bilingüe que jamás me mandó al colegio sin desayuno, ni tarde, y un músico que tuvo que ser visitador médico para que no muriéramos de hambre, pero que llenó mi vida de un soundtrack impresionante y de libreras igualmente ricas. Su mezcla me dio el sabor que tengo y no los cambiaría. Soy esposa de Alex López, somos papás de Ana Isabel, Juan Marcos, Evy y Darly Alejandra. 2 por biología, 2 por adopción, todos por gracia y ninguno como plan B. Aixa escribe regularmente en su blog Corazón a papel y es autora de Lágrimas Valientes (Lifeway 2017)