¿Y qué pasa cuando simplemente la mamá imperfecta no se quiere mover? ¡Hay días que las mamás simplemente no nos queremos tomar la vida en serio!

¡No nos queremos levantar!, ¡no queremos cocinar,  ni siquiera sonreír! ¿Qué pasa cuando lo que queremos es declararnos en estado de interdicción y hacer como que desaparecemos del mundo?

Algunas veces, las mamás sufrimos por temas que no tenemos ganas ni de explicárselos a nuestros hijos y solamente queremos estar solas un rato con nuestro sentimiento de desolación.Hay días que no queremos estar frente al espejo y arreglarnos… hay días que solo queremos estar en pijama.

¿Qué pasa cuando llegan esos días? Esos días en que te recordás de algo triste y querés dedicarte solamente a ser miserable…¿Un día que podás llorar sin tener que hacerte la fuerte por un ser querido? ¿Qué pasa esos días?

Les voy a contar lo qué pasa…

Esos días en que amanecemos con el corazón partido, esos días que  no nos queremos levantar, ¡nos levantamos y hacemos de tripas corazón! Nos levantamos recordando la fecha y no decimos nada.

Pasamos la mañana fingiendo que no nos acordamos y así servimos el desayuno. Y cuando podemos, cuando nos vamos a bañar…  lloramos bajo la regadera y soñamos con que eso que nos hace sufrir, nunca pasó. Soñamos con tener en nuestros brazos a los seres queridos que recordamos en ese día… Y después de ese desahogo salimos arregladas y maquilladas y seguimos echando punta porque es lo que nos toca, porque somos las que mantienen funcionando a nuestra familia.

Hay frases que no se dicen más que con la mirada. La mirada de tu esposo que ve tus ojos hinchados y sabe por lo que estás pasando, porque lo pasa contigo.Hay consuelos que no se expresan más que con una caricia, sin palabras… en una compañía silenciosa… en un sufrimiento acompañado.

Esos son los días de reyes en mi casa. Esos son los días en que recordamos lo que pudo ser y no fue.

Lo que pudimos soñar pero que no  llegó.

Todo empezó hace 13 años, durante la semana entre Navidad y Año Nuevo nos enteramos que estábamos esperando nuestro tercer bebé. El que se llevaría un año y medio con el segundo y nacería la primera semana de Septiembre. Honestamente era un bebé súper pedido y muy esperado.

Queríamos que fuera una niña.

Los primeros días de enero fuimos al ginecólogo para comprobar que todo viniera bien. No escuchamos el foco de su corazón porque era muy pequeño pero todo venía en regla aparentemente. Nos enviaron los exámenes de rutina y nos fuimos de regreso a la casa con el corazón lleno de ilusiones.

Después de dos embarazos pensas que tenés todo controlado,  ya sabes los malestares que te darán, lo que se puede esperar y de lo que te debes cuidar, por lo menos eso es lo que uno piensa. El fin de semana iríamos a hacernos los exámenes para tener el expediente completo, pero nos sentíamos ¡los dueños del mundo! No podíamos pedirle nada más a Dios.

Ni siquiera pasaba por nuestra mente que algo no saliera bien. Pero la mañana del día de Reyes, supimos que algo estaba muy mal.

Aunque llegamos al doctor a la primera hora de la mañana ya con los exámenes hechos; nos topamos con noticias bastante feas, de esas que hacen que te cambie la vida para siempre. El diagnóstico: un embarazo ectópico.

Lo curiosos de estos embarazos es que el bebé está vivo y sano pero implantado fuera del útero, lo que hace que sea imposible que sobreviva. Por otro lado no podíamos ni pensar en hacer un procedimiento para sacarlo mientras él todavía estaba creciendo dentro de mí. Nuestro bebé se implantó en una trompa de falopio lo que daba distintos panoramas mientras el embarazo continuaba…  Podían pasar dos cosas: el bebé reventaba la trompa poniendo mi vida en peligro y muriendo él. O el bebé moría naturalmente antes de ponerme a mí en riesgo.

Nuestro caso fue el segundo. Nuestro bebé murió antes de que la trompa reventara, murió sin causarme daño físico aunque nos dejó un agujero enorme en el alma y una añoranza indescriptible.

El 6 de enero recién pasado se cumplen 13 años de ese día. Se cumplen 13 años de tener un [email protected] en el cielo.

Hay cosas que te cambian la vida, definitivamente esta fue una de ellas…  desde ese momento no hay día que  piense en él… ¿habrá sido hombre?, ¿habrá sido mujer?, ¿sería guapo?, ¿sería guapa?, ¿se parecería a su papá?, ¿se parecería a mi?

Definitivamente la pérdida de un bebé es terrible pero es algo por lo que pasamos miles y miles de mujeres. Es un dolor que nunca, nunca se supera pero que se aprende a vivir con él.

Se aprende a soñar con tu bebé, a platicarle… es un hijo que en tu mente siempre será tu bebé y en tu vida siempre estará presente.

Lo tendrás presente el día de su muerte, la semana de su probable nacimiento, el día de la madre, el día de navidad, el día de tu cumpleaños…  Es un bebé que siempre estará contigo, en tu mente y en tu corazón.

El duelo dura mucho, ¡demasiado! Pero ayuda ponerle un nombre, aunque no sepamos si era hombre o mujer. Ayuda hablar con él, hablar a veces de él. A mí me tomó muchos años poder ponerle un nombre. Después de tener 4 hijos hombres, le puse finalmente José Francisco. Me pareció que sería muy poco probable que fuera una mujer.

Después de 13 años, aunque se mantiene la añoranza de lo que pudo ser, se puede llegar a ser feliz con un agujero en el corazón. Aunque se vale ponerse triste en días especiales como hoy.

Mujer, esposa, madre de cuatro niños, hija, amiga, hermana, tía. Imperfecta, alegre, enamorada.