Crecí leyendo y escuchando el mismo consejo para las futuras mamás: “Todo lo que tú sientes, lo percibe tu bebé”. Esa recomendación de no vivir emociones fuertes durante esta etapa aparece en todos lados, incluyendo el contenido que nos ofrece Facebook u otros medios sociales, las fuentes de “información” y referencia más consultadas hoy en día (pero seguramente no las más certeras).

Junto a esto, también tenemos el dato real y científico de que el embarazo conlleva un descontrol hormonal para toda mujer, que se manifiesta muchas veces con inestabilidad emocional. Eso nos permite pensar que la “dulce espera” es una de las etapas más bellas y trascendentales para una mujer, pero también una de las más retadoras.

Entonces, ¿Cómo podría yo, una mujer con Trastorno Bipolar, controlar esa “estabilidad emocional” que necesitaría mi bebé cuando llegara el embarazo, si incluso a las mujeres que no padecen nada de esto, les es muy difícil?,

¿cómo lograrlo si tenía varios años necesitando ayuda farmacológica ininterrumpida para lograr sentirme estable?, ¿acaso la maternidad era un don que yo no podría obtener?

En varias ocasiones llegué con esas interrogantes a la consulta con mi psiquiatra. Más aún cuando conocí a mi esposo y tuve la ilusión de formar una familia a su lado. Mi médico, con toda la experiencia y propiedad que tiene en el tema, siempre me llenó de esperanza y me explicó que el panorama era más optimista de lo que yo imaginaba, además de recordarme que contaba con todo el acompañamiento y ayuda para vivir esta experiencia. Sin embargo, yo seguía aferrándome a ese horrible temor de no dar la talla como mamá y pensando que la maternidad requería un conjunto de cualidades y virtudes femeninas que a mí me costaría el triple lograr cotidianamente.

Pero antes de tener tiempo para seguir perdida en mis miedos, mi esposo y yo recibimos la noticia de que seríamos padres.

Y aunque mi primera reacción fue llorar de temor por lo que vendría, de golpe comprendí que la maternidad es un regalo que no todas las mujeres recibimos y que si yo tenía ese privilegio era porque Dios contaba conmigo, a pesar de mi padecimiento y defectos, para hacerlo bien.

Y así comencé mi propia aventura…

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la depresión afecta a más de 350 millones de personas en todo el mundo y es más común en las mujeres que en los hombres. Un promedio de dos a cuatro de cada diez madres de países en desarrollo sufren esta enfermedad durante el embarazo o postparto, de acuerdo a sus cifras.

Personalmente estos han sido 9 intensos meses llenos de retos y aprendizaje. No he logrado ese estado ideal de “tranquilidad” que todos sugieren para esta etapa, pero tampoco he dejado de contar con el apoyo y acompañamiento profesional de mi médico que me ha ayudado a estar bien y lograr que mi bebito crezca y se desarrolle de forma óptima dentro de mí.

Una de las cosas más importantes que he aprendido es aceptar que no pasa nada si algunas veces nos sentimos mal durante el embarazo. Esa vulnerabilidad emocional que podemos sentir no nos hace malas madres ni determina que nuestros hijos tengan un desarrollo anormal. Lo que puede padecer un niño durante su vida depende de muchos otros factores y no solo de lo que su mamá pudo vivir durante el embarazo.

Eso no quiere decir que nos despreocupemos por el tema, al contrario. Cada día, más mujeres, y no solo las que padecemos algún trastorno mental, debemos enfrentarnos a los síntomas de la depresión durante esa etapa que todas queremos vivir de forma perfecta y sublime.  Sufrir inestabilidad emocional durante el embarazo es algo frecuente pero los prejuicios nos impiden abordar con claridad el tema y buscar la asistencia que las mamás necesitan para sentirse bien.

La salud mental tendría que ser un tema que nos ocupe y preocupe a todos por igual, pero lejos de eso, estamos acostumbrados a verla con miedo y hasta burlas. Las personas que tenemos que luchar con un padecimiento de este tipo debemos enfrentar dos enemigos: la enfermedad en sí y los prejuicios y etiquetas de la sociedad que a veces nos hacen pensar que no podremos salir adelante.

Estos 9 meses me han enseñado que no puedo asegurarle a mi bebé una vida perfecta ni mucho menos una mamá perfecta, porque en realidad, nadie puede hacerlo.

Todas nos equivocamos de muchas formas porque es parte de nuestra condición humana. Pero apelo a ese misterio trascendente del amor que todas las personas experimentamos en algún momento de nuestra vida, ese sentimiento que nos supera, nos hace ser mejores y luchar con más ganas en la vida.

Esa es la única garantía que tengo para mi hijo que ya amo con todas mis fuerzas y al que Dios me pide cuidar, educar y principalmente amar. Esta etapa me ha permitido entender que mi tarea como madre no está en demostrarle perfección a mi hijo, sino en ayudarlo a que desarrolle su capacidad de amar y de esta forma encuentre la felicidad. Ese es el reto.

Si mi corta experiencia en el tema puede ayudarte, no dudes es escribirme a [email protected]

Hablemos sin temor y con esperanza.

Esposa y madre en proceso. Periodista de profesión. Desapercibida en las redes sociales porque disfruto guardando las mejores fotografías en mi memoria. Opositora del ladrón intempestivo e inoportuno del gris, que me acompaña todos los días…