“Adoptar es un curso exprés para morir a sí mismo. Es subirle el volumen al acto de la maternidad.

Adoptar es entrar a la vida de alguien porque lo perdió todo.

Adoptar no se trata de mi habilidad para cambiar un destino, es confiar en un Dios que estuvo con mis niñas cuando yo no estuve”.

Aixa de López es mamá adoptiva de Evelyn y Darly. Aunque me parece  que el título de madre amorosa, valiente y fuerte la describe mejor. Comparte su historia –la de su familia- con respeto porque sabe que está viajando al “centro de la tierra”.

Su esposo Alex y sus hijos biológicos Ana Isabel y Juan Marcos, completan su círculo familiar.

Es la primera persona a la que oigo hablar de adopción como un genuino acto de concebir con generosidad y sin reservas. “Adoptar es en esencia, renunciar a parte de tu vida para dar vida. Yo creo que nada más es subirle el volumen al acto de la maternidad. Adoptar es hacer una integración intencional de alguien que antes era un perfecto extraño y que no tenés obligación de recibir para cambiar el rumbo de la vida, de tu vida.”

En resumen, no es solo equiparable a la maternidad biológica, sino que la supera.

La adopción es quizá uno de los temas de los que menos se habla, de esos que abordamos con la debida distancia. Quizá porque no lo comprendemos del todo y creemos que sí lo hacemos. Porque, ¿quién no querrá llenar de amor a un niño? o ¿quién no se derretirá ante un bebé que llama a su mamá pues no sabe que está lejos?

Pero, la adopción es más que sentimiento. Aixa lo sabe bien, y le interesa que los demás lo sepan también.  “Si no entiendes que al adoptar, estás entrando a una escena de crisis, no tienes una expectativa correcta. Si no entiendes que debiste llegar a la vida de un niño porque lo perdió todo, tampoco tienes una expectativa correcta. Aunque te entreguen al bebé en la sala de partos, tú te estás llevando un bebé con un historial, con un subconsciente  marcado y con un dilema interior fuerte. Ese bebé sabe en el fondo de su corazón que hubo rechazo. Y esa es una necesidad que no se va a saciar ni con tu presencia”.

Es un camino de retos diarios.

Hay días de crisis. Como también los hay en las familias de sangre.

Hay peleas normales entre hermanos: estira y encoge que parecen infinitos.

Hay comportamientos y respuestas no agradables. “En general, la institucionalización produce niños que sobreviven. Y sobreviven mintiendo mucho, agradando mucho o siendo muy agresivos. La mayoría de niños que ha perdido la voz, usa los comportamientos para decir lo que necesita… ¿por qué cuando tu hijo adoptivo llegue a tu casa va a cambiar instantáneamente ese paradigma y te va a decir qué le gusta o qué no? Si antes, le servían el mosh y se acabó. Se debe tener un balance entre respetar su historia y su personalidad pero darle la bienvenida a este mundo que se le está abriendo”.

Hay días en los que te sientes una encargada de recursos humanos, haciendo una entrevista de trabajo, para conocer aficiones, gustos y demás de tus hijas adoptivas.

Y existen ocasiones en las que lo único que salvará tu día son los grupos de apoyo. “Te permiten florecer. No te sentís juzgado, te sentís comprendido porque los clavos de tus güiros adoptados vienen a raíz del desapego, porque fuimos hechos para pertenecerle a alguien y cuando tú sabes que hubo una situación tan fuerte en tu vida, algo se descompone. Entonces los niños pasan unas luchas peculiares que necesitas atravesar”.

Y hay un día en el que deberás tragar saliva y contarle a tu hijo, que es un hijo adoptivo. “Hay que decirlo. Si no lo haces, le estás mintiendo al niño, no tienes derecho a quitar esa parte de su historia que no te pertenece”.

No, la adopción no es un sentimiento; pero sí es esperanza. “La historia de mi familia me empuja  más hacia Dios porque hay cosas que no puedo resolver en la vida de mis hijas. Ahorita llevan más tiempo fuera de nuestros brazos, que dentro (Darly llegó a los 6 años y Evelyn a los 9). Y si se tratara de mi habilidad para cambiar un destino, no me hubiera apuntado, pero mi única manera de abarcar nuestra vida es soltándome en los brazos de un Dios soberano y bueno, que estuvo con mis niñas cuando yo no estuve. Esa confianza te reconfigura el cerebro. Porque a pesar que todo el tiempo tenés un recordatorio de carne y hueso que este mundo está roto, que las cosas no deberían  de ser como son; también puedes asombrarte de la fidelidad de Dios”.

Mamá de seis hijos, soy lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital. Soy Directora Editorial de Niu.