Mi esposo me pidió otro bebé desde que mi hija Camila tenía algunos meses. En realidad, siempre me negué porque tenía dos hijos que se llevaban un año dos meses y eso fue como tener gemelos: ¡una locura!… una lloraba, el otro con hambre; una se dormía y el otro quería jugar, cambiaba pañales al por mayor. En fin, estuvo duro. A mis hijos los tuve en México,  sin familia y nadie que me ayudara. Después de doce años y ya viviendo en Guatemala, mi esposo me convenció y quedé embarazada por tercera vez.

Estaba feliz con la idea de ser madre de nuevo. Fue un embarazo maravilloso, de mucha ilusión, mucho amor y con muchas ganas de tenerla en mis brazos.  Sabía que era nena porque la soñé y luego el doctor me lo confirmó.  La imaginaba parecida a mí, con el pelito claro, la nariz respingadita y muy risueña.

Me practicaron una cesárea de emergencia. Mi esposo estuvo conmigo siempre, me tomó la foto cuando pusieron a mi beba junto a mí,  los dos estábamos derrochando felicidad. Cuando la vi, se me llenaron mis ojos de lágrimas: ¡era la bebita más linda que había visto!  Se movía con tanta energía… luego, se la llevaron y yo esperé en la sala de recuperación.

Unas horas después de darle de mamar, vi a mi esposo muy triste.  Luego de preguntarle qué pasaba, me respondió con lágrimas: el doctor cree que María tiene Síndrome de Down. ¿Por qué dice eso?, pregunté. Porque tiene ojos chinos (yo fui súper china, así que eso no me preocupó) y su dedo meñique es corto y curvo.  Yo le dije con una sonrisa: mi amor ¡yo también tengo el dedo así! Pero su respuesta fue contundente: “No mi amor, María tiene Síndrome de Down”. Mi reacción fue decirle: “¡No importa! vamos a salir adelante, es nuestra bebé”.

A los minutos de conocer la noticia, entraron a la habitación el genetista y el pediatra para confirmarme el diagnóstico. Recuerdo que el rostro del pediatra reflejaba consternación y tristeza.

Me tomó dos meses asimilar la noticia. Estuve leyendo mucho acerca de la condición de María. Quería saber cómo podía ayudarla en su desarrollo, qué podía esperar y si son niños enfermizos o no. Con toda la información saqué la conclusión de que no importa lo que venga, lo importante es amarla. Ella necesitaba unos padres enamorados, con la determinación de sacarla adelante, cueste lo que cueste. Ya pasaron dos años y puedo decirles que la alegría que sentimos con María en nuestras vidas es enorme. Ella es una luz en nuestros corazones, ¡una bebé realmente especial!

Soy psicóloga industrial, me encanta leer, tomar cursos sobre psicología, desarrollo personal y me encanta compartir con mi familia y amigos. Tengo una maravillosa familia y llevo 16 años casada. Ahora estoy feliz de poder escribir en este blog y abrir las puertas de mi vida.