– ¿Mami, tú y papi van a ir solitos?
– Si es lo más probable
– ¡Ah! Yo quería ir…
Era Ximena la que constantemente recriminaba que Renato y yo asistiríamos solos al magno evento: el matrimonio de Chío, una amiga del trabajo. Así que cuando llegó la invitación y decía -7- todos saltaron de alegría.
La preparada fue un merequetengue: los vestidos, los zapatos, el peinado, la etiqueta en la mesa… Merequetengue que fue recompensado por dos cosas: la felicidad auténtica que brotaba de los novios y la emoción creciente de mis hijos.
El sábado muy temprano todos estábamos al pie del cañon. Desde el viernes, los atuendos habían sido completados y preparados. Me esperaba una larga sesión de peinados. Así que además de armarme de paciencia, también me armé de ganchos sandinos, hulitos, spray y técnicas que sustituyen al talento tan limitado que tengo para peinar.
Ya con las cabezas tiesas de tanto spray, las tres mujeres vistieron sus galas. Los varones todavía revoloteaban por ahí, así que los atrapamos y entacuchamos. Sobre todo Nícolas iba cual maniqui: perfectamente combinado. Como siempre,  los últimos en arreglarnos fuimos Renato y yo.  A pesar de las carreras, Ximena, clon de los productores de «No te lo pongas»  aún tuvo tiempo para decirme que mis zapatos no combinaban con el vestido.
Emprendimos la aventura. En la misa, mis hijos estuvieron particularmente inquietos. Nícolas me daba besitos por doquier, Emilio se cayó por estar jugando; Anneliese, Fátima y Ximena volteaban a ver, nos hacían señas, ¡tomaban agua!, iban y venían al sanitario…  Al final de cuentas, tuvimos que trasladarnos a la última banca de la última fila. Cuando la ceremonia terminó, mis hijas esperaban ilusionadas la salida de los novios. Fátima tenía tal cara de ensueño que hasta parecía que ella era la que se había casado.
De camino, una amiga invitó a la Marimba a papas fritas para matar el hambre de oso que nos devoraba a todos. Así que, aun cuando nos perdimos, llegamos con la pancita llena.  Ya en la parranda, el corazón se nos contentó a todos.  Los cinco niños iban y venían sin tapujos por todo el jardín. Algunos costó que entraran en confianza, otros, lo hicieron inmediatamente.  Pero todos fueron  felices.
Las más grandes exploraron el terreno y Anneliese consiguió incluso moretes, pues dio un clavado triple mortal desde unas gradas. Sus hermanas mayores llegaron alarmadas a decirme: «¡Mami, Anneliese se malmató!» Salió la ambulancia a traerla, la apapachó y consoló hasta que se quedo tranquila y volvió a revolotear tranquilamente. Ximena, comió del menú para niños y también del de los grandes. Todos persiguieron chocolates en forma de corazón que los novios habían colocado sobre las mesas.
Pero el acabose fue cuando la música se puso guapachosa. Como era previsible, la marimba se trasladó a la pista de baile. Mis hijos observaban a los danzantes, querían capturar cualquier souvenir que la disco regalara, así que esta vez en lugar de llevar dulces, regresamos a nuestra casa con un cargamento de sombreros, pitos, vejigas, antenitas de vynil…  A pesar que estaban distraídos con la música, de vez en cuando llegaba un pupilo a la mesa a preguntar  ¿cuándo van a ir a bailar ustedes?  Renato y yo aceptamos el reto, pero éramos acosados por las miradas y sonrisas emocionadas de nuestros hijos. Además, cuando pasaban canciones que tenían coreografía obligatoria (la Mayonesa, el Meneadito, la Macarena) Ximena era la primera en decir: ¡deberían bailar así! 
En fin, desde nuestro punto danzante veíamos a Nícolas tocar incansablemente el pito y atravesar todo un camino lleno de pies para  capturar un globo… a Emilio corriendo por todos los rincones del jardín.
Ya de regreso, todos íbamos exhaustos. Al llegar, tomamos cafecito; mis hijos se instalaron para ver La bella y la bestia, y Renato y yo nos dispusimos para preparar las actividades del día siguiente. 
A estas alturas, mis hijas siguen recordando la boda, solicitan el mismísimo peinado alto aun cuando saben que sólo saldrán a la tienda de la cuadra y todavía conservan en la caja de sus tesoros, la invitación, el mensaje que estaba junto a los chocolates de corazón, el menú… detalles que recuerdan el por qué celebras tanto una boda: ¡una pareja se une, prometiéndose amor para siempre!  Así que, sirva este post para dar un abrazo crujiente a los nuevos esposos y para agradecerles ese peculiar gesto de invitar a la Marimba completa.
Algunos miembros de la Marimba, en plena boda.
Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.