Mientras la prueba decidía si marcaba una o dos rayitas, tú temblabas. La emoción, el miedo, la alegría… todo se juntaba y después de los cinco minutos más largos de tu vida, descubriste que ¡serías madre! No lo podías creer, simplemente era como que el mundo hubiera girado tan rápido que cuando volvió a parar, ya nada era igual. Nada.

Empezaste a sonreír sin una razón aparente, a comer por dos (o por tres, por si acaso eran gemelos)… No había día que no imaginaras su sonrisa, su pelo, sus ojos…  Necesitabas tenerlo frente a ti, ya. Sin mayor demora.

Empezó entonces el ritual del amor. Las caricias a tu estómago, la búsqueda del nombre, la sonrisa permanente que de un tajo cortó cualquier recuerdo de los primeros síntomas. El cansancio también forma parte de ese ritual. Uno solo se cansa si se esfuerza y solo se esfuerza, si ama.

Ahora, ya falta poco para que nazca. Y cuando ese momento llegue, te sentirás la mujer más dichosa del mundo. Lo verás una y otra vez, sentirás su olor a «nuevo» y ese recuerdo se impregnará en tu olfato y te aseguro que lo evocarás cada vez que lo abraces. Apuesto que lo observarás por horas, emocionándote con sus gestos, riendo cuando sonría y «sueñe con los ángeles». Tendrás una canción favorita que le susurrarás. Llorarás cuando pienses en la suerte que tienes de ser madre. Por las noches, te levantarás para asegurarte que está bien: que respira, que está emponchado, que sacó todo el aire.

Y todo eso nunca cambiará. Aunque él duerma de corrido, tú velarás su sueño y soñarás sus ilusiones. Quizá ya no podrás verlo durante horas sin que él se mueva, pero tus ojos siempre conocerán su interior. Talvez no siempre huela a nuevo, pero para ti será aquel bebé que a solas, Dios te presentó.

Desde que nazca, todos te dirán qué hacer: que si agua de anís, que mejor de arroz; que lo
cargues de tal o cual forma. Que debes elegir esto o lo otro. Sigue tu instinto. Las madres siempre sabemos cómo actuar. Enséñale a tu hijo a reír, a amar y a rezar. No hace falta nada más.

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.