Cash Contreras

Tenemos un hijo predicador. Así como lo leen. Predica con pasión, con gestos y subiendo la voz.

Su hora favorita para hablar sobre Jesús es por la mañana. Toma su micrófono, el cual puede ser una cuerda, una varita de princesa de sus hermanas, un marcador… cualquier cosa que se ajuste al concepto y a su pequeña mano. Se ubica entre la cocina y el comedor, y allí apasionadamente habla, habla y habla.
A veces, el sermón es acompañado con cantos. Entona Hosanna u otro que haya escuchado el domingo en misa. Sebastián es implacable cuando predica. Con mucha fuerza, afirma:
– ¡Jesús tiene que estar en tu corazón! ¡Jesús, Jesús Jesús! ¡Abre tu corazón!
Bueno, y mil cosas más. Se echa sermones de hasta 10 minutos. He querido grabarlo pero no he podido. Es una gozada. Rafita y yo nos lanzamos miradas furtivas y sonreímos. A ella, también la derrite el pequeño  Sebastián «Cash» Contreras.
Un día, que inició su sermón por la noche, le dije:
– Ya vino el predicador
– Yo no soy predicador -respondió- ¡soy padre!
Y empezó a cantar Hosanna, hosanna, hosanna en el cielo…
Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.