Hay sucesos en la vida que me causan una gran inquietud. Uno  es que me inviten a eventos donde debo vestir pipirisnais. La verdad es que creo que en mi otra vida fui hippie y eso de andar arreglada no me brota por naturaleza. Sin embargo, mis trabajos me han ayudado y por lo menos ahora ya soy más cuidadosa… aunque hay días en los que quisiera andar en pants, con mis «chicote» (o sea, la imitación de los Crocs) y mi pelo talco… Pero bueno, el asunto es que en los últimos días me invitaron a una boda. Me encanta que la gente se case pero minutos después de recibir la invitación, algo baila en mi cabeza… ¿Qué me VOY A PONER? 

Y entonces mi mente se convierte en un campo minado, en el que los pensamientos dan cuidadosos pasos y por lo menos tres mueren al día, cuando pisan una bomba que con fuerza grita: ¿Qué me voy a poner?

Bueno, pues para esta boda yo tenía la esperanza puesta en un vestido pechocho que me había comprado hace  tres años, pero no la había vuelto a usar por diversos motivos. Bueno, la cuestión es que una semana antes del magno evento, tuve la prudencia de probármelo para ver cómo me sentaba la prenda. ¡Pequeño detalle! El ziper se quedaba a la mitad y yo veía con horror que no había forma humana de cerrarlo. Renato intentaba subirlo y yo imaginaba que esas mismas caras haría si estuviera levantando pesas. Ximena trataba de unir los dos extremos del ziper, pero aún así los dientes no querían encontrarse. Después de luchar unos cuántos minutos, nos dimos por vencidos. La muerte fue cuando giré y me vi de perfil. El vestido tiene un corte medio imperial y entonces mi gran estómago surgió con esplendor. 

Nícolas era el más impactado, con sus dos manos me presionaba el estómago y me veía a los ojos, como preguntándome ¿esto es tuyo? ¿es de gelatina? Al fin, preguntó: ¿otro bebé? Yo me reí, porque no podía llorar.

La cuestión es que me puse como loca a buscar un vestido. Fui a mis tiendas de confianza y encontré uno chilerón pero que necesitaba un complemento. No lo encontré. Después fui a otra tienda y apareció  el complemento perfecto, regresé a buscar el vestido y  ya no estaba. Fui a otra y no encontré nada… Cuando llegué a la casa, mis hijas me recibieron ilusionadas para ver el vestido… Al enterarse del fracaso, me preguntaron ¿y ahora qué vas a hacer?

El día de la boda mis hijos me vieron probarme vestidos prestados como loca, subir ziperes y luchar contra mi humilde panza. En eso, un saco me devolvió la esperanza. Era un saco dorado que le quedaba perfecto a mi vestido de tres años atrás y unas cuántas libras de menos… Y dejemos que le combinaba bien, tapaba dos grandes desperfectos: el ziper a medias y mi estómago prominente. «Se disimula bien el estómago«, me dijo Ximena.  Eso es, pensé. Se disimula…
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Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.