Dicen que cuando uno quiere ocultar algo, lanza un bombazo para que nadie mire lo que está sucediendo o, en el peor de los casos, el público se distraiga y deje de fijarse en cuestiones importantes…  En mi casa, las cortinas de humo no llegan a eso. Yo llamo así a las ocurrencias que salen del ingenio, ingenuidad o espíritu crítico de mis hijos y que contribuyen a la alegría cotidiana aunque uno esté gateando del cansancio. Les cuento algunas nada más porque aunque hice el propósito de anotarlas en mi agenda, mi manía no llega a tanto y escribo ahora las que recuerdo por las carcajadas interiores (o exteriores) que causaron. 


Anneliese es la reina de las ocurrencias. Sobre todo, porque se le cruzan las palabras y entonces tiene a bien confundir conceptos que no sé si por una bienaventurada casualidad o qué, la mayoría de veces tienen cierta relación. Por ejemplo, un día llegó diciendo que debía ir bien uniformada porque iba a ser «ecolista» 
-¿Vas a ser qué?
-Ecolista
-¿ ?
-Voy a ir acompañando a la abanderada…
– ¡Ah! Vas a ser escolta de la bandera… ¡échale vampiro!, ¡felicitaciones!
Ahora, anoto yo… ¿hay que ser lista para ser escolta o no? He allí la fusión: ecolista.
Un día fuimos de visita a una casa, que no tenía nada que ver con nuestro huevito llamado hogar. Todos mis hijos estaban impresionados. Anneliese, se me acercó y me dijo: 
– Mami… ¡esta señora es millonaria y además tiene una «serpiente»!
– ¿Una serpiente? 
– Sí… está allí en la cocina, preparando comida…
Literalmente, me ahogué en mi  risa y le dije:
– No es serpiente, es sirviente… pero es mejor no llamarlas así. Puedes decirle la señora que me ayuda o una empleada. 
Luego, mientras íbamos al sanitario me dijo: 
– ¡Esta es una mansión… todo es de tela! 
– ¿Cómo así de tela? 
– Sí, mira… y señaló la alfombra.
A pesar que sus coquetas botas de tacón no sonaban como ella hubiera querido, le encantó la sensación de caminar sobre algo suave. 
Bueno, en la casa no solo era Anneliese la impresionada. Todos andaban descubriendo los ambientes, miraban extasiados el amplio y verde jardín. Y por supuesto las preguntas abundaban.
¿Cuándo podemos tener una casa así?
Mami, deberíamos mudarnos… 
¿Allí hay un Wii?
Ximena era la más calladita, pero eso no quiere decir que dejaba de  urdir preguntas, indirectas o chifletas. De repente dijo: 
Una casa así necesitamos… 
Renato y yo asentimos. Nos miramos y telepáticamente planeamos una cortina de humo: 
– ¿Quieren pasar conociendo la camionetilla familiar que queremos comprar?
– ¡¡Sí!!, gritaron todos.
Pasamos. Todos se subieron, probaron las posiciones y se cercioraron que irían cómodos y no codo con estómago y rodilla con muslo. La emoción hizo que olvidaran -de momento- sus locuras cuadradas. Yo opté por ser «ecolista» y comprar junto con una amiga, un número del sorteo extraordinario de la lotería Santa Lucía. 
Quien quita y le pegamos al gordo y entonces nos volvemos millonarios, tenemos «serpientes», ponemos el piso de tela y… ¡ya dividí, sumé, resté, gasté y comprometí el premio! ¡Qué viva Santa Lucía!
Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.