Lejos quedaron aquellos sábados de insistentes preguntas ¿Qué vamos a hacer hoy de divertido? Lo cotidiano bien vestido respondía con inusitada emoción: “¡Me vas a ayudar a lavar mochilas… hasta que queden nítidas!, vamos a ir a comer al bosque, tenemos que seleccionar la ropa que ya no les queda, vamos a regar a Fénix (nuestra palmerita que le regala una sonrisa a cualquier visitante), hay que bañar a Rabito, ¿me ayudas a lavar ropa?”   Ahora, buena parte del sábado la dedicamos al arte. Sí, al arte.
Un sábado cualquiera, Ximena, Fátima y Anneliese se levantan más emocionadas que si fuera su cumpleaños. Saben que ese día no será igual que los cinco anteriores. Deben apurarse para llegar puntualísimas –no quieren perderse ni un minuto- a su curso de Iniciación Artística.  Las esperan los acordes de una guitarra, la fantasía y el conocimiento personal que aporta el teatro, los movimientos mágicos de la danza, el mundo de colores de la pintura y la invaluable riqueza de la literatura.  Recibir cursos de danza y pintura era el sueño de las tres… No sé por cuánto tiempo, tuvieron que frotar la lámpara de los deseos hasta  que el genio de la economía, con una sonrisa complaciente, aprobó el presupuesto.
Desde julio, los sábados las envuelven y les despiertan la sensibilidad, el talento y la capacidad de asombro necesarios para guiñarle un ojo a la vida y explorar poco a poco sus habilidades artísticas.  Me parece que fomentarán alguna rama del arte. La que ellas quieran. Me encantaría que lo hicieran, ¿por qué?  Ya lo decía Platón: «Cuando alguien contempla la belleza de este mundo, recordando la verdadera, le salen alas y así alado, le entran deseos de alzar el vuelo».
Ahora es muy común que el tiempo que dedicaban a la televisión, se la pasen bailando en su cuarto. Es divertido verlas porque practican “el galope” de la danza clásica al ritmo de Josi Esteban y la patrulla 15 (¡con fuelza!) o simplemente, inventan pasos que después enseñan a sus demás hermanos. Hasta Nícolas ha resultado imitando una de sus famosas invenciones.
Igual, de repente se escucha un monólogo que repite una y otra vez el guión de la obra de teatro que representarán en la clausura. La personalidad de cada una se ve reflejada en sus ensayos: Ximena se lo sabe de pe a pa pero es poco expresiva; Fátima le da un toque de romanticismo a las frases pronunciadas incluso por un escarabajo, y Anneliese tiene la personalidad más histriónica de las tres y repite sus frases con la misma velocidad y entusiasmo que debe mover sus alas, pues le dará vida a una abeja.
                                                                                               
Y es que el arte espabila los espíritus. Yo, lamentablemente, creo que de pequeña visité alguna que otra vez un museo porque nos llevaron de la escuela pero me parece que no entendí ni valore nada. Mis hijas, gracias a Dios, exigen ir a los museos. Por ejemplo, para todos fue muy emocionante visitar el II Festival de Escultura. Bueno, Emilio no quería ponerse la mascarilla, pero cuando iniciamos el recorrido, la percepción de lo bello se reflejaba en sus rostros. Ximena y Fátima, fueron por supuesto las que más observaron. Al final, casi todos votamos y aunque diferíamos en nuestra elección, fue emocionante ver cómo ellas eran capaces de decidir qué creación les gustaba y por qué.
En otra ocasión, aunque no pudimos asistir al museo, una y otra vez Ximena contempló emocionada,  el catálogo de los Rostros imaginarios de Picasso. La chispa de sus ojos se encendió y se transmitió a sus manos, pues esos enigmáticos rostros fueron una motivación. Trató de imitar algunos y los resultados no fueron malos. A diferencia de muchas personas mayores, los rostros le parecieron de lo más fascinantes… 

Verdaderamente, es satisfactorio notarlas emocionadas y enriquecidas por el arte, antes que por cualquier otra actividad.  No sé si estoy escribiendo una herejía, pero prefiero mil veces que mis hijos desarrollen su capacidad de asombro y de apreciación por la belleza a que sean abanderados.  Renato y yo deseamos que se conozcan, que reflexionen sobre ellos mismos y el mundo que los rodea, que lo sepan interpretar y tener una visión crítica de su entorno, sólo así serán felices.
Sin embargo, a pesar de lo sublime, debemos seguir enviando mensajes subliminales… “Anneliese: ayúdame a limpiar la mesa con el desinfectante que te gusta” Y allí mismo aterriza una abejita emocionada por la tarea que se le ha pedido ejecutar.

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Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.