Renato ya había lanzado la advertencia: un día de estos que llueva recio, salimos todos a empaparnos. 

¡No!, pensó mi recatado ánimo y buscó una excusa: pero habría que comprar capas para los que no tienen y botas para todos…  (la inversión económica siempre es una buena aliada para salir en caballo blanco). 
Si el chiste es que nos empapemos de pies a cabeza, replicó Renato.
Si verdad…

Y no tuvimos que esperar mucho para que el deseo del dueño de la marimba se cumpliera. Un domingo fuimos a misa de 6 de la tarde. Entramos a la parroquia en pleno verano y salimos en medio de un diluvio. Nos hicimos los difíciles y esperamos a ver si la lluvia se calmaba. Nada. Entonces decidimos agarrar camino. 

En la puerta había un montón de gente cruzando los dedos para que la lluvia se calmara. Entre todos, estaba una amiga. La saludé y como vio que nos íbamos pese a los cuentazos de agua, me preguntó: ¿trae sombrilla? No -le respondí-  pero no tenga pena estamos aquí nomasito. Mentí descaradamente porque no quería quedar como madre irresponsable que iba a salir a mojar a propósito a sus seis hijos, incluido el «bebé» de 3 años. 

Me despedí y volamos como canchinflines. 

Nuestros hijos corrían felices, emocionados, gritaban y reían. Sacaban la lengua para probar si el agua de lluvia sabía igual que el agua Salvavidas, se mojaban mutuamente gracias a los charcos. Fue algo insólito pues nos reímos prácticamente las 4 cuadras que separan la parroquia de mi casa. 

Renato llevaba a tuto al Sebas. Yo oía que le preguntaba, ¿Te gusta el agua, Sebastián? Chi, contestaba él con una gran sonrisa. Emilio lanzaba patadas de karateca mientras corría. La Anne iba «cuidando» sus botas nuevas, pero de vez en cuandito igual se metía a los charcos. Nícolas y yo corríamos tomados de la mano. Él riendo sin pudor y de vez en cuando tirándome elogios: qué rápido corres, mami. Yo no podía más que reír por dentro. Ocupábamos el puesto 5 de 6…

Al fin, llegamos a nuestra casa. Un viejististillo que caminaba por allí vio a mis hijos parados frente al portón esperando que llegáramos a abrir la puerta. Avanzó un poco, pero continuamente volteaba a ver. Creo que tenía toda la intención de regresar y cubrir con su sombrilla a los chicos. No sospechaba que era una actividad prevista para cerrar el día con broche de oro y disfrutar de algo que antes se hacía con toda naturalidad: empaparse a propósito. 

Cuando entramos, nos tomamos una foto de recuerdo y luego les conté a mis hijos cómo Cantinflas conjugaba el verbo llover:

Yo me mojo
Tú te mojas
Él se moja
Nosotros nos empapamos
Vosotros os empapáis
Ellos y ellas chorrean
________________________
Notición: La revista Magacín publicó una nota sobre la Marimba y su libro no se la pierda en el siguiente enlace http://www.s21.com.gt/sites/default/files/maga290614.pdf  Puede leerla en la página 10. 


Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.