Dicen que murió de frío…

Nunca hemos tenido suerte con los calentadores. En nuestra antigua casa teníamos que cambiar calentador cada dos meses porque alguna brujería traía el agua que nos descomponía nuestro amado artefacto.

Luego, nos mudamos y el asunto cambió. El último calentador nos duró dos años y piquito. A decir de mi hermano experto en esas cuestiones, el aparato fue más allá del deber. Luego de convencernos que ya no reviviría, compramos otro. Pero no tuvimos idea más feliz que cambiar de marca. Para no hacer largo el cuento, les diré que nos duró vivo como 15 días, nada más. 🙁  Triste, tristísimo… Pero lo más triste es que no había para comprar otro inmediatamente así que durante algunos meses tuvimos que bañarnos con agua fría.

La verdad es que la primera castigada fui yo, pues soy la más chambona para las ligas mayores de la ascética. Nuestros marimberos iban afrontando el reto; algunos con más reciedumbre que otros…  De repente salía alguien con la espalda llena de jabón, señal evidente que no se había atrevido a mojarla. Al Sebas había que echarle un gran rollo para convencerlo del aseo. Previo al baño, preguntaba ¿el agua está fría o tibiecita? Después de la respuesta, empezaba la batalla.

No les cuento los días de frío… sobre todo cuando el agua llegaba tarde. Resulta que en la colonia que vivimos no cae agua todo el día, entonces un día llega a las 5 y otro a las 7 hrs. Para bañarse el día que el agua llega tarde, debemos ser estrictos en su uso porque si no al otro día no hay para la ducha. Pero, es obvio que ese día el agua cae más helada pues pasó a merced del frío todo un día y toda una noche en el depósito.

Pero, como de todo se puede sacar algo bueno, les dije a mis hijos que los que desearan podían envalentonarse pidiendo o rezando por alguien antes de meterse al agua fría. Así el sacrificio, algún mérito tendría.

Un día en que andaba despistada, Fátima me sorprendió diciendo: hoy no me quería bañar pero pensé en tu amiga Fulanita y recé por ella antes de meterme al agua fría. Mi corazón se enterneció ante esa caridad fuerte.

La buena noticia es que mi experto hermano, nos arregló un calentador mientras puede instalarnos uno heredado de la casa de mis papás. Volvieron las duchas tibiecitas a mi casa, y nadie puede ocultar su alegría.

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.