En estos duros tiempos a veces es fácil poner a Dios en off.  Sobre todo si el trajín diario es intenso y hay demasiadas cosas qué pensar. Y en esa vida a velocidad de avión supersónico, en nuestra familia hemos tratado poco a poco de caminar para llegar a «la puerta angosta».  La verdad es que muchas veces el camino se hace empinado, en otras, la fuerza de la gravedad ayuda a caminar rápido.

Lo cierto es que poco a poco los miembros más jóvenes de la Marimba han aprendido y adoptado algunas expresiones que los ayudan a relacionarse con Dios y aumentar eso que se llama fe.  A mí me conmueve ver a Nícolas en la Misa. A la hora de la Consagración, él se hinca y junta sus manos.  Me llama mucho lo atención porque ninguno de mis hijos lo hizo a su edad. Incluso ahora a algunos de los más grandes  les debo recordar que Jesús ya va a bajar del cielo y que debemos recibirlo de rodillas.  En el momento de la bendición de la mesa, Nícolas adopta la misma actitud.

Ahora, Emilio es un filósofo que vive pensando en el devenir de la vida y en cómo es eso que Adan y Eva no nacieron de nadie sino que aparecieron en la tierra ya de grandes.  Siempre está preguntando sobre eso.  Además, se ve que en las homilías tiene sus antenitas de vinil bien atentas a lo que predica el sacerdote. Pocos días después del bautizo de Sebastián me preguntó: «¿Ahora Sebastián ya es hijo de Dios?» Sí, respondí. Él me dijo: y antes era criatura como los animales.  Bueno -pensé- justo lo que dijo el padrecito.  Además, a mí me conmueve oírlo decir: «Gracias a Dios que entramos la ropa antes de que lloviera, gracias a Dios, ¿verdad mami?»

Fátima y Anneliese, casi igual que Emilio, normalmente hacen preguntas sobre la eternidad de Dios. Piensan y piensan y dicen: «no entiendo». Yo las consuelo diciéndoles que nosotros no podemos entenderlo y cuando hablo de eso con ellas recuerdo  los círculos concéntricos que yo hacía mentalmente cuando de pequeña pensaba en el mismo tema.

Ximena es una niña a la que le encanta leer y saber sobre Juan Pablo II y sobre diferentes santos. Particularmente la han conmovido las historias de Santa Bernardita, de la Madre Teresa de Calcuta, de Santa Teresita del Niño Jesús y de Santa María Goreti.  Justo este domingo, hizo su Primera Comunión.  Estaba emocionada, no solo por el vestido blanco sino poseía  un auténtico deseo por recibir al Señor presente en la Eucaristía.

Pero si cualquier aspecto de la educación tiene más éxito con el ejemplo, lo religioso no es la excepción. El amor a Dios no se aprende  con libros, vídeos y demás. Se aprende porque ves a alguien querer a Dios sobre todas las cosas. Y eso no es tan fácil, por lo menos para mí, no lo es. El ir a misa todos los domingos, rezar, confiar en Él ante las dificultades, buscarlo, ofrecer sacrificios…  Un aspecto que creo que ayuda mucho en este tema es la relación de cada uno con los ángeles de la guarda. La mayoría de mis hijos le tienen nombre a su custodio. Incluso a Ximena le da risa el nombre del mío. A él le rezan para que se les vaya un dolor de estómago, una pena o para que les ayude a encontrar algo que se les perdió.   Recuerdo que un día los policías de tránsito nos pararon por no llevar cinturones de seguridad. Yo les dije a todos «muchá, pídamole a nuestros ángeles que no nos cobren la multa». Cuando Renato entró al carro iba feliz pues el agente sólo se había dado una nota educativa y le había perdonado la multa.  Todos se vieron como diciendo «¡realmente funciona!»

Creo  que a Renato y a mí nos interesa mucho que nuestros hijos sean buenos cristianos, pero por lo menos yo, quisiera que fueran mujeres y hombres religiosos y pensantes. No cachurecos. Pensantes, sacrificados y caritativos. 

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.