«¡Vaya, si que necesitamos un nuevo carro!», esta frase es el recordatorio quincenal que Ximena hace a sus papás por si acaso olvidaron la incomodidad en la que viaja una familia grande, en un carro de dos filas.
A pesar que afinamos siempre nuestras estrategias de distribución, más de alguien va en una posición que no es la que desea. Por supuesto, que Renato y yo no nos hemos resignado a andar siempre en el mismo carro… es más creo que a la primera oportunidad que tengamos, lo vamos a cambiar.  Sin embargo, esta situación ha dado pie para que tanto grandes como pequeños aprendamos algunas cosas.
Primero, a dar gracias a Dios por tener auto y no vernos en la necesidad de andar encamionetados con todo y marimba.  Luego, la incomodidad no da paso a la resignación, pero sí a negarse de vez en cuando a los propios gustos. Me conmuevo hasta casi llorar (soy sentimental) cuando veo a cualquiera de mis hijos, ceder su lugar para que otro vaya más cómodo. Además, como para querer a alguien hay que rozarlo; el contacto físico cercano facilita las expresiones de cariño. Así que dentro de nuestro carro se oyen muchos «Papi, te quiero», hay abrazos y caricias filiales por doquier.  Bueno, a decir verdad… también facilita las peleas y los merequetengues, pero esos también se dan en espacios abiertos… así que no es exclusivamente un síndrome motorizado.
Mi autoestima aumenta significativamente, pues al entrar al carro oigo cuatro voces (y un agú) diciendo: «Yo me voy en las piernitas de mami».  Y por si todo lo anterior fuera poco, el espíritu de emprendimiento de mis hijos se va despertando. Es usual que Ximena y Fátima vivan pensando qué negocio familiar podemos hacer y así  ahorrar para nuestro nuevo carro.
Bueno y por último, hemos tenido el gran orgullo de encarnar una versión mejorada del chiste-adivinanza: ¿Cuántos elefantes caben en un Wolkswagen?
Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.