Por Renato Contreras

Cuando a los varones nos preguntan si tenemos algún consentido, la respuesta es  un rotundo No, pero nosotros siempre tenemos un consentido (a) en casa.

Es nuestro gran amor, desde el momento en que llegó, nos
enamoramos de él o de ella.  Y podemos
pasar  un día completo y no acabamos de disfrutar de su compañía. Y ni hablar del dinero que gastamos en él, aunque no
tengamos; lo conseguimos… ya sea prestado, bizneado, etc.
Hemos llegado a conocerle a tal grado que no hace falta que
hable para saber que algo le pasa o que algo le sucedió, porque lo notamos de
inmediato y al descubrirlo nos causa dolor, enfado, frustración o
indignación y hace que inevitablemente, explotemos.
Es allí cuando ya no podemos negarnos más, y hemos de
confesar el nombre de nuestro (a) consentido (a) al expresar el dolor que nos
embarga.  “Mi hermoso y delicado carro”,
“mi enorme y primorosa plasma”, “mi pequeña Black Berry”,
“mi dulce
computadora”
 ¿quién te golpeó, quién te ralló, quién te ensució?
A mi personalmente me pasa con el carro. Me encanta limpiarlo,
limpiarlo y limpiarlo, y veo que a muchos de mis vecinos les pasa lo mismo. Cuando salgo a dejar a Fátima para sus clases de catequesis, ya está alguno de
ellos en plena acción y cuando vuelvo cuatro horas después  lo encuentro igual
de afanado.
La lista sería enorme. Es verdad, nosotros los varones
perdemos con mucha facilidad el norte, andamos en mil cosas menos en las que de
verdad importan:  “NUESTROS HIJOS”
Andrea ya me ha sacado varias tarjetas amarillas, y alguna
vez acarició  la tarjeta roja. Aunque las mamás también tienen lo suyo, y por eso yo procuro
cargar mis tarjetas a la mano.   A
diferencia de cualquier arbitro normal es que nosotros con Andrea no sacamos la
tarjeta al momento de la infracción, sino después y algunas veces mucho
después.
Y es que este juego de tarjetas tiene un razón muy
importante: nos ayuda a ambos a crecer, a mejorar, a madurar a amarnos  con paciencia pero sobre todo con sinceridad. Así que el ganador del juego somos todos, nuestros hijos y
nosotros. Aprendemos juntos que para ser felices es preciso renunciar todos los días a nuestros
objetos consentidos que nos separan, nos esclavizan, nos dividen, nos hacen
perder o descuidar el tesoro más grande que DIOS  ha puesto en nuestras manos.
Procuremos pues afinar los sentidos y de la misma manera que
notamos el más mínimo ruidito, golpecito o mancha en nuestro auto, de la
misma manera que notamos que se cayó la conexión de internet, que algo se
desconfiguró  en el móvil o que el color
le cambió a la tele… así y aún más debemos percibir, anticipar, adivinar o
preguntar  a nuestros hijos y entre
nosotros  “CÓMO ESTAS HOY” “CÓMO ESTUVO
TU DÍA”.  A partir de esta pregunta surgen un sin fin de emociones,
experiencias, carcajadas y algunas veces lágrimas que hacen de nuestro hogar
una familia numerosa y alegre.
Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.