Nunca había visto una pistola tan de cerca… Ese día fue verla y mi instinto de supervivencia hizo que olvidara lo que dicta la prudencia: me paré y me fui caminando despacito, despacito al sillón del otro lado. Eso me pasa por ignorar la sabiduría popular que afirma: «En las camionetas no te sientes en el asiento detrás del chófer». Era mi cumple y me llevé uno de los mayores sustos de mi vida. 

Cuando llegué a mi casa, tres mujeres y tres hombres salieron a abrazarme y gritaron al unísono ¡mami!… me sentí reconfortada. La verdad es que ese momento siempre ha sido uno de mis favoritos. Cuando escucho gritos, veo caras sonrientes y todos llegan a darme el beso de bienvenida. Lo normal es que después de tanto cariño, lluevan las noticias, las quejas, las preguntas sobre tareas, los brazos estirados pidiendo que cargue a más de alguno. Sebastián y Nícolas son los que siguen toda mi ruta desde que entro a la casa y voy a dejar mi bolsa, quitarme el suéter y todo lo que puedo, para ganar un turno y sentarse un ratito en «mis piernitas», como dice Nícolas. 

Pero, ese día del susto en la camioneta, llegué y los abracé más fuerte, por más tiempo. Les di un beso en la frente. Puse cara de contenta para que nadie sospechara y se alarmara. Sin embargo, inevitablemente, me quedé pensando en el hombre de la camioneta, bueno en él y en su ayudante. Cuando yo me bajé, aún lo seguían extorsionando por teléfono. Él, blanco como un papel; al ayudante le temblaban los ojos y a cada momento le preguntaba: ¿qué te dicen? 

¿A dónde irían ellos? ¿Tendrían un hogar al cual volver en ese momento o tendrían que lidiar con el miedo durante todo ese tiempo? ¿Les harían «algo» antes de que pudieran abrazar a su mamá, a su esposa, a sus hijos..?

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El título de este post se lo debo a Rafael Alvira.

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.