Por alguna razón especial, existimos los olvidadizos. Al menos eso pienso yo.  Cada vez me convenzo más que mis problemas de despiste resultan, en algunos temas, bastante llamativos. Un día traté de consolarme y pensé: «bienaventurados los despistados, porque de ellos es el reino de la imaginación»: si uno no recuerda, imagina. Pero la realidad es que este defecto causa situaciones hilarantes y hasta dramáticas. Por ejemplo, cuando andamos de paseo, si yo quiero cerciorarme que mis hijos no se han perdido tengo que contarlos. Para mí no funciona el pasar lista por nombres.
Últimamente, enfrenté diferentes complicaciones porque uno y mil compromisos y tareas bailaban merengue en mi cabeza y yo no atinaba a acertar con un 90% de las cosas que debía recordar o planificar. Así que decidí, vencer mi despiste con las milenarias estrategias de la organización. Y por supuesto, esto lo trate de aplicar personal y familiarmente.
De mis hijos, tres van al cole. Lo cual es sinónimo de tareas, actos, disfraces, aportes y un largo etcétera. Pensé que era el momento de actuar, no solo por mí sino también por mis hijos.  Así que puse en camino una iniciativa:
Preparé un calendario del mes en curso, el título era «tareas flotantes«, así llamamos a esos deberes que dejan diez o quince días antes de la entrega. Aunque uno agradece que lo envíen con antelación, a la hora de la verdad siempre para pensando mal de las maestras porque  no se fue capaz de recordar a tiempo la fecha de entrega y termina corriendo. Lo hice con dos objetivos: facilitarme la organización y la atención de las tareas; y enseñar a mis hijas, sencillas herramientas que te llevan de la mano al paraíso de la responsabilidad.  Ahora, las tres revisan su agenda y cuando hay una tarea a largo plazo, corren al calendario y lo anotan. Los días de pocas tareas o los viernes trabajan  esos deberes flotantes.
Otro truco que me ha servido para que las tardes de la semana y las mañanas del sábado no se vayan como la arena y me quede con las manos vacías y un poco enojada porque no logré ordenar a mis hijos, es un sencillo horario.  No es nada del otro mundo, pero los resultados sí que lo dejan a uno viendo estrellitas de la felicidad.  Es más o menos así:
08:30 Tareas de la casa
09:45 Bañarse
10:30 Estudio
12:00 Descanso
13:00 Ayudar con el almuerzo
14:00 Almorzar
Tareas de la casa
Ximena: lavar los trastos
Fátima: ordenar cuarto
Anneliese: lavar el baño
Emilio: recoger y ordenar zapatos
Nícolas: limpiar la mesa
Las tareas se van rotando, hay algunas menos apetecidas que otras, pero en fin. Todas se hacen, peleando o no. Algunas veces me veo a mí misma como un general. «Muchá, ya es hora de las tareas», «Anneliese, ya mucho tiempo te tardaste lavando eso», «(toc,toc, toc) Ximena, tenes dos minutos para terminar de bañarte», «tres minutos para vestirse, peinarse, echarse crema, lavarse los dientes»… Pero, dado que a veces tengo a mis hijos marchando, los hábitos, gracias a Dios han ido calando poco a poco. Un día, por ejemplo, Ximena debía lavar los platos del desayuno. Llegó y vio una montaña. Yo digo que quizá se agobió, así que fue a traer un pizarrón y escribió:
1. Platos hondos
2. Platos planos
3. Vasos y tazas
4. Sartenes
5. Cubiertos
Colgó su pizarrón en la refri y allí fue lavando poco a poco.  También hay otras actividades que mis hijos saben que deben hacer, pero por alguna razón  SIEMPRE las olvidan y Renato o yo paramos de policías. Decidí hacer una lista de las inolvidables. Aunque por el momento ésta ha sido poco efectiva, estoy pensando qué puedo hacer para que el asunto camine mejor.  Bueno, pero no crean que todo en la vida es tan cuadrado. Muchas veces la cuestión se relaja y jugamos con los tiempos de descanso. La idea es que formen filas pero que no lo hagan con amargura sino con alegría.
Pero, créanme ya me siento más tranquila, porque  mi mente ya no se agobia al ritmo del merengue.  
Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.