Fútbol 2

El corto y estrecho corredor es muy bien aprovechado en mi casa. Es carril para bicis, automóviles de todo tipo; campo de guerra y por si fuera poco, en 1, 2 x 3 se convierte en un intenso campo de fútbol.

Y allí va la pelota, Sebastián la patea y Emilio… Emilio la toma y ¡goool! ¡goool!

Ese corredor es un buen lugar para que mis hijos varones jueguen fut y hagan de las suyas. Hace algunos meses, cuando yo era más joven, de vez en cuando me unía a las chamuscas pero he de decir que mis años me impiden ya andar en esas vueltas. Ahora bien, Renato, Emilio, Nícolas y Sebastián son aún fervientes jugadores del fútbol 2.

En una puerta (la del baño) se ubica una portería. Emilio es el férreo defensor de esta. A 2.5 metros de distancia, la otra portería (la de la puerta de un cuarto) es defendida por Nícolas o por Sebastián. Los pelotazos son constantes, los gritos ni digamos.

De un pelotazo botaron y quebraron un reloj. Con otro, invadieron la mesa de las tareas y con otro derribaron una de las tantas tapaderas que está encima de la estufa. Hay que cerrar los ojos y respirar hondo para no correr a explotarles de un sentón la pelota. Para tranquilizar los ánimos es bueno Renato, porque yo cuando empiezo a escuchar el pum, pum, pum de la pelota, empiezo con mis vaivenes de humor.

Pero, a pesar del vaiveneo en el que vivo no puedo dejar de gozarme las cantadas de gol de Sebastián, los ánimos de Emilio por superar sus tecniquitas y las peleas de Nícolas exigiendo justicia ante una falta cometida delante de su portería.

Al final de cuentas, la vida es como un partido. Gana el que más lucha por alcanzar su meta, el que se esfuerza, el que suda la camisola. El que decide que a pesar de cualquier circunstancia -favorable o adversa- va a gozarse la chamusca.

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.