El aire entró a nuestros pulmones con una fuerza inusitada. Todo lo que veíamos y escuchábamos era diferente a lo que hasta el momento habíamos vivido. La sensación de pisar sobre un suelo difuso era extraña, sonreíamos como por inercia sin saber bien qué pasaba.

La rutina semanal había quedado atrás. Mi yo sedentario me susurraba que me hiciera la loca, pero pudo más la ilusión de Ximena y Fátima. Ellas querían ir al bosque, la nube verde y oxigenada que se posa sobre nuestra colonia.  Mientras me ponía los tenis, pensaba en cómo iba a subir esa colina si llevaba encima una maleta llena de sueño y modorra. Pero pasó. Subimos a merced de los pinos, el piso de piedra, tierra y hojas secas. Llegamos a la cumbre y nos sentamos en la casita que tradicionalmente elegimos para comer cuando en familia almorzamos en el bosque.  

Ya estaba muy cómoda, cuando Fátima me preguntó: ¿qué te gustaría hacer ahora, mami? Yo tuve toda la mala intención de responder: observar y mover solo los ojos, pero intuí que a mis hijas ese plan no las emocionaría. Así que de la nada saqué un plan: ¡busquemos hongos!  Ellas, chispudas y con moto, estaban prestas y dispuestas en cuanto terminé la frase. Y nos dispusimos a buscar miembros del reino fungi, pues.

Nuestra búsqueda estaba a punto de ser abortada cuando al fin apareció un ejemplar. Era ancho, ancho. Café. Chaparrito. Ligoso. El descubrimiento nos hizo emocionar y reafirmó nuestro propósito, así que cual botánicas nos agachamos por todo el terreno y seguimos.  Encontramos 1, 2, 3… como seis hongos. Mis hijas estaban alucinadas, inusitadamente emocionadas por los descubrimientos. Hasta hicimos competencias y a la perdedora le correspondía tocar el hongo más ligoso por un minuto.  Para qué decir que siempre perdí yo porque la competencia era subir una colina corriendo y ellas lo lograban en nueve segundos y yo, en once. 

Luego de muchos hallazgos, regresamos a casa. Cuando llegaron los demás, inmediatamente el descubrimiento se difundió. Y ese viernes en la noche, todos desearon que ya fuera sábado en la tarde para ir de nuevo al bosque. El sábado la historia se repitió y vale decir que la lluvia del viernes fue milagrosa. Al día siguiente, los hongos se habían reproducido y colmaban sendos espacios. 

Todavía estoy tratando de dilucidar qué tenían esos hongos que nos hicieron alucinar tanto. La naturaleza es madre… madre de la admiración.
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Notiparranda: ¡Nicolais cumplió 4 años!

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.