Todos gritan, pelean, sugieren, lloran, ríen al mismo tiempo. Hay una «hora de cierre» en al que mis hijos se desatan y yo solo pienso en Mafalda: «paren el mundo que me quiero bajar».

Muchas veces, los ánimos empiezan a exaltarse después de la cena. Sobretodo si es viernes o finde, o si tuvimos la ventura que alguno (o varios) de los pequeños durmieran en la tarde. iDiomío. Ahí es donde se arma en serio.

Zoom, zoom, zoooooooom pasa volando el carrito de plástico. Nícolas va al volante y Emilio empuja con toda la fuerza de la Incaparina.

-¡Muchá se van a malmatar! – les digo. Por respuesta solo escucho: zoooom y el ¡yujú! de Nícolas. 

Sebastián «toma la lica» desde su centro de entretenimiento. Sus ojos saltan, y el corazón se le acelera al ver a sus hermanos manejando peor que un chofer de los transportes sanjuaneros. Mientras tanto, las mujeres que habían empezado a jugar barbies, se contagian de la euforia. Entonces dejan las muñecas e inician a gritar, carcajearse y molestar a los sanjuaneros… pasa un momento y ya se están acusando mutuamente.

iDiomío llega un momento en el que deseo, ¡anhelo! un botoncito de mute. El griterío me corta los pensamientos y solo acierto a hilar frases entrecortadas. Veo fijamente la cortina mientras sorbo a sorbo mi café me consuela: ya crecerán, ya  crecerán.  Pero, luego con un sobresalto pienso… mejor que se queden así. Y después volteó a ver a Renato, quien se goza el espectáculo. Entonces, mis pensamientos entrecortados y contradictorios se detienen.

Renato y yo intentamos hablar y esa es la señal que parece indicar a nuestros hijos que deben ir a preguntar más de algo. Llega Anneliese impaciente:

-¡Mami!
Con mi mano le hago el alto y con la mirada le digo que me espere.  Su cuerpo se mueve de un lado para otro.
-¡Mami!
-Estoy hablando con papá, yo te aviso…
-Esquesolotequeríadecirquelaschicasmeestánmolestando.
-(No es cierto)- grita Ximena desde su cuarto
-Bien,medijeronqueyohabíadesordenadoelcuartoyquepormiculpablablablabla…

Llega la comitiva de defensa y mi cabeza se desconecta. Vuela y pienso en mil cosas. Al fin, el bla bla bla para. Les pido que se tranquilicen, que se acuesten, que nos dejen hablar.  Se van las tres echándose las culpas hasta que un grito desgarrador se oye: se salvaron de ser atropelladas por los sanjuaneros.

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.