-Mami, ¡cla!
-¿Qué?
-¡Cla!
Unos minutos después descubrí que cla era pastel y que Nícolas quería cantar el happy birthday con velitas, apagón y todo.  Pensé: ¿cómo imaginar que cla es pastel? Solo el tiempo.  Y después, nacieron un sinfin de sílabas que teníamos que relacionar con la palabra original, pero para hacer esto teníamos que hacer un despliegue de fuerzas traductoras que para qué les cuento. 
Pasaron los meses y el pastel seguía siendo cla, Fátima seguía llamándose Umla; Emilio, Aiyn… Y Renato y yo nos percatamos que algo andaba mal. Así que llevamos a Nícolas a consulta y descubrimos justamente que necesitaba recibir terapia del habla.  Como que uno se asusta un poco porque se imagina que pasaran los años y los años y su retoño seguirá diciendo sílabas en lugar de palabras.  Hasta el momento, han sido pocas sesiones de terapia pero Nícolas ya dice con entusiasmo sus primeras lecciones. Toma su cuaderno de deberes y pasa las hojas: muuu, beeee, tu tu tu, chu chu…  Sin embargo, dentro de nuestra marimba hay una persona que parece entender a la perfección lo que Nícolas quiere expresar: Fátima.  Ella ha sido su segunda madre desde que nació. A ella acude Nícolas cuando su pelota se fue abajo de la cama, cuando no encuentra su cepillo de dientes, cuando no sabe ensamblar un juguete. Y ella invariablemente responde: ¿qué quiere mi amor? Y de la mano van a buscar el tesoro perdido.  Tanta es la relación de ambos, que Emilio me dijo un día que ¡umla! significaba ayuda, yo le dije que no, que así le decía Nícolas a Fátima…
Otra lengua extraña que se habla en mi casa es el silencio. En ocasiones, basta una mirada para entender lo que alguien piensa. Creo que a todas las mamás nos pasa que vemos a un hijo y sabemos que algo le pasó, está triste o tiene algo entre pecho y espalda que no se atreve a decir.  Cuando yo noto algo así, llamo al interesado, lo apapacho a más no poder y luego le pregunto ¿qué tenes?, y ahí viene el desahogo total.  No sé cuánta gente entiende el silencio pero se me hace que para muchos éste solo llega a ser motivo de incomodidad y no tanto de crecimiento.
En mis pocos años de catedrática universitaria voy descubriendo (con horror, por cierto) que la mayoría de jóvenes han perdido el humor fino. La carcajada ha sustituido muchas veces a la sonrisa ante una ocurrencia simpática.  En mi casa, hemos procurado sembrar la semilla del humor «folklórico» (dígamole así). El refrán oportuno para una u otra situación, el reíse de sí mismo, y el sacar una puntada simpática de algún comentario.
Emilio, de hecho, ha inventado su propia lengua. Cuando está emocionado, él dice que silba (fiu,fiu) pero en realidad lo que hace es emitir un sonido agudo parecido a un grito ahogado. 
A pesar de lo bien que nos la pasamos, algunas veces pienso: con tantas lenguas extrañas espero que esto no se convierta en una torre de Babel donde ninguno entienda al otro. Trabajamos en esto.
Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.