Alguna vez Renato bromeó sobre el porcentaje que los pañales representaban en nuestra basura. En ese entonces solo existían en nuestras vidas, Ximena y Fátima.  O sea eran más o menos ocho o diez pañales diarios. Ahora, a la vuelta de los años y de los niños las cantidades de cualquier cosa se han vuelto industriales.

Aún recuerdo nuestras idas al mercado en los primeros años. Comprábamos media libra de todo y aún nos sobraba. La primeras cinco libras de azúcar nos tardaron meses de meses, el aceite, la misma historia y así con todo. En el presente vivimos la otra cara de la moneda.  Apenas aterrizan el cereal, la sandía, el chocolate de batir, y las galletas son devastadas por un hambriento ejército de dientes despiadados.  En un día de calor,  una sandíona puede durar minutos. Los paquetes de galletas sobreviven dos días, los jugos ¡ni hablar!  Y mientras tanto, los bolsillos empiezan a sufrir de desnutrición y las termitas humanas andan sueltas por toda la casa preguntando ¿que más hay de comer?

Emilio, uno de nuestros hijos con más hambre y con mejor paladar, en algunas ocasiones visitó la casa de sus tíos. En una, él veía que mi hermana hacía varias cosas y que la noche iba entrando y no había señales de cena. Él, acostumbrado a cenar temprano, preguntó sin pena: ¿Aquí a qué hora sirven la cena?  Mi hermana sonrió y le dijo «ahorita comemos, Milito».  Luego, de visita en la casa de uno de mis hermanos, se le ocurrió buscar comida tal y como lo hace en su casa.  Así que abrió el refrigerador, fue al gabinete de cocina y no encontró mayor botín. Entonces, fue con su tío y le preguntó: «¿Aquí no hay cereal?», «no», respondió mi hermano; «¿no hay galletas?», «no», «¿no hay fruta?», «no»…  «¿Por qué aquí no hay nada de comer?»  Mi hermano mejor suspiró.

Hace algunos días compramos otro carón de huevos. Mientras Emilio los guardaba en el refrigerador, decía «tantos huevos, nos van a durar años y años»… Hasta el momento ignora que los treinta huevos nos alcanzan para 4 ó 5 sentadas.

Además de la comida, lo otro que se procesa en cantidades innimaginables es la ropa sucia y en consecuencia la ropa limpia. Dos días sin lavar son sinónimo de una montaña de ropa que alimentara a la lavadora.  Lo más típico es ver cantidades y cantidades de calcetas y calcetines tendidos.  Cuando veo los cientos de ropa que lavamos, inmediatamente pienso en mí mamá: ella también tuvo cinco hijos pero ninguna lavadora. ¿Qué haría para atendernos y lavar los volcanes de ropa?  ¡Qué alegría cuando  la canasta de la ropa queda vacía! Solo se necesitan unas horas más para que empiece a llenarse. Ahora la pena es paradójicamente la ropa limpia.  Hay que doblar y doblar por los siglos de los siglos. Algunas veces me he propuesto contar las prendas que voy doblando, pero a medio camino me da pereza hasta contar y mejor me pongo a pensar en cosas más alentadoras.   Bueno y luego los platos sucios. Eso en todas las casas se reproducen como gremmlis, pero en el hogar de una marimba, ni les cuento.

Lo que nos consuela es comprobar que las exigencias económicas y logísticas de la vida diaria las llevamos como en procesión: todos tratamos de meter el hombro. 

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.