Los niños son incansables, imparables, invencibles… y cualquier adjetivo más que termine en able y tenga que ver con hiperactividad. Eso lo saben todos los padres. Lo más divertido es cuando uno los lleva a jugar, nadar, correr y demás y cuando regresa, abriga la esperanza que vayan a quedarse un ratito tranquilos, calmados, en paz… pero no, señores. Ellos, toman agua, se lavan las manos y están dispuestos a recibir un nuevo estímulo.  De esa cuenta a los cinco minutos que la caravana de la diversión ha regresado, ya están diciendo que «están aburridos».

Yo, la verdad, es que siempre he sido un poco parca con el asunto y cuando oigo la famosa frase, me hago la rusa y si bien les va, les digo: ¿Cómo puedes estar aburrid@? ¿Tienes a tus hermanos, pueden jugar tal y cual cosa…?  No concibo (y tampoco quiero) que mis hijos deban siempre recibir estímulos para pasársela bien.  Me miran con escepticismo y a veces parten a su cuarto y otras se quedan mirándome pensando que su presión hará que cambié de opinión y me ponga a hacer malabares.

Malabares no he hecho pero sí me he quedado con una duda: ¿estoy actuando bien?, ¿no tendría que pensar en opciones de entretenimiento de por vida?, ¿será que soy mala madre? Hablando con una de mis interlocutoras favoritas, le compartí mi inquietud. Ella me dijo: ¿Sabe usted que el aburrimiento es bueno? Después de cierto tiempo, la chispa de la creatividad aparece casi de forma obligada. Los niños necesitan a veces esos espacios para crear. Pruebe algo: un día haga una medalla y les dice que se la va a ganar el más aburrido. Sorprendida por la sugerencia y pensando que podía sacar provecho de la estrategia, lo puse en práctica hace apenas una semana. 

El viernes salimos a jugar matado, volley y atrapaderas. Después de regresar gateando (yo, por lo menos), Fátima me dijo: «Mami, estoy aburrida»... Mi memoria se encendió y le pedí unos materiales para hacer la medalla. Al terminarla le dije: «vamos a hacer un concurso. El más aburrido gana. Gana esta medalla y un premio sorpresa». Fátima me vio con asombro y un poco de incredulidad, pero igual decidió participar porque siguió con cara de aburrida.

Eso no le impidió regar como pólvora la noticia y al ratito, ya tres de los marimberos estaban participando. A pesar del «entusiasmo oculto», Ximena dijo que ella no participaba en esas cosas porque era una pérdida de tiempo… Se dispuso a jugar con sus muñecas y asunto terminado.

En cambio, Emilio, Anneliese y Fátima eran todos unos fuertes competidores.  Emilio hasta hacía el mate de caminar como zombie. Anneliesse se dio cuenta de su estrategia y le dijo: 

– ¡No camines como bolo! Solo por eso no te vas a ganar la medalla.

Él no hizo caso y se hacía el dormido así estuviera acostado, sentado o parado. Fátima y Anneliese tenían una guerra de caras que para que les cuento. De más está decir que cada 10 minutos, me preguntaban: ¿Quién es el más aburrido? Y yo les decía que todavía faltaba mucho por demostrar y que siguieran adelante. 

Anneliese no pudo soportar la curiosidad de cuál era el premio mayor y se salió del concurso.  Bueno, para que les cuento, me goce su ingenio para parecer aburridos y también disfrute los comentarios de Ximena sobre el concurso. Al final de cuentas, cenaron con el tedio a cuestas. Y poco después de la cena, la chispa (que nunca se apagó) se manifestó de nuevo: decidieron organizar un Fashion Show y armaron todo un armatroste en el cuarto de las mujeres. Al rato, me llegaron a preguntar: 

– ¿Quién ganó?
– Todos perdieron. 
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Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.