Hay un demonio que me persigue y es el de las candidaturas. Confieso que yo soy alguien con una imagen simplona, que alguna vez anheló ser hippie (porque eso de andar fachuda está inscrito en mis genes) y que gracias a la ayuda de jefes, amigos y amores me he ido redimiendo y unos días más, unos días menos me voy fijando en que los colores combinen pero contrasten, en que los zapatos deben tener personalidad, en que, en que… ¡mil detalles que mi cabeza no puede procesar de un solo!  Pero bueno, el asunto es que podría narrar de memoria todas las candidaturas que he debido afrontar gracias a mis coquetas hijas… La última fue la de Niña Cultura. La protagonista era Ximena, mi preadolescente en hervor.

Llegó con la novedad una tarde de junio. Era necesario el permiso. Mi opinión era no. Un no rotundo. Más por mí que por ella. Pero le dije que me dejara consultarlo con Renato. El hombre dijo que sí, que estaba bueno. Yo me arremangué la blusa y a arar se ha dicho…

Desde ese día, Ximena llegaba con mil informaciones, necesidades, preocupaciones que me contaba al hilo de la ansiedad. Hasta que un día, mi cabeza no pudo más y le dije: «Xime, mirá… yo te quiero ayudar y al darte permiso nos comprometimos a hacerlo, pero esto no va a funcionar si vos todos los días venís a decirme mil cosas. No puedo, mi cabeza tiene fantasmas bailando todo el tiempo, además soy despistada. Yo necesito que te organices y después,  platicamos. Así que porfis, hace una lista de lo que necesitamos para el mural, otra para la presentación, y otra para los vestidos y demás. Así en blanco y negro me la entregas y vamos planificando».  Me miró con un poco de desasosiego. Se fue a su cuarto y después de algún tiempo me llevó la preciada lista.

Entonces nos organizamos. Ella fue toda una investigadora. Tuvo mucha iniciativa para buscar información del departamento que representaba, resumirla y organizarla… para luego aterrizarla en una presentación en power point.  Con los trajes, fue un reto. Primero porque queríamos que fuera guapa pero nuestra intención no era matar dinero en eso, sino usar el ingenio. Así que poco a poco, todo fluyó: conseguimos el traje típico (mi hermana Lucy nos ayudó con esto), convertimos un traje de grillo rockero en un traje de fantasía que representaba la riqueza natural de Monterrico y una amiga nuestra nos prestó un penacho divis que le diera la exuberancia requerida. 

Ahora venía lo del altar. Era necesario comprar comida típica del lugar, y armar algo coqueto con elementos representativos. Como manual no soy, una amiga me preparó un mural muy bonito y luego yo me hice compañera de la estética para que por lo menos me ayudara ese día y armara decentemente el «altar».

Todo lo estético estaba listo, Ximena se sabía los datos, estaba mentalmente preparada para enfrentarse al público y no llorar si acaso no ganaba el título Niña Cultura Mater Orphanorum… 

La que tenía un gusano metido era yo… Pensaba en que tenía tanto, tantísimo trabajo entre pecho y espalda que no quería pasar 3 horas sentada viendo cómo las niñas se disputaban una banda. Pensé en llevarme mi compu y trabajar mientras media humanidad pasaba a cantar y hablar de su departamento. Poner atención solo cuando la Xime pasara a hablar…  Estaba convencida y decidida. Eso iba a hacer. Pero, en el último momento pensé: ¿no es para esto que vivo? ¿Para acompañar incondicionalmente a mis hijos en los acontecimientos importantes para ellos?  Olvidé entonces mis comederas de uñas y me fui libre al viento. 

Yo estaba en el público, ella esperaba su turno. Nuestras miradas se cruzaban continuamente. Yo le sonreía, le hacía gestos de ánimo y ojito pache… Me maravillé cuando habló en público y dominó sus nervios ante esas 300 niñas. Me sorprendí de su respuesta a una pregunta desconocida que el jurado planteó, me encantó oír la porra que tenía. Y todo podía verlo de forma transparente, sin una pantalla que me estuviera atormentando. 

Al final de cuentas, no ganó. Siempre hay madres engasadas que son capaces de ponerle a sus hijas nidos como sombreros, de alimentar mejor a los jueces, de maquillarlas fantásticamente… de saltar a un metro del piso para hacer una porra. 

Cuando las candidatas salieron, yo alcancé a Ximena. Iba a felicitarla porque supo dominarse y hablar muy bien, porque mantuvo siempre una sonrisa… Pero me la encontré llorando. Ella quería ganar y ¡buuaaa! Mi primer instinto fue decirle: ¡las mujeres no lloran! ¡mejor ya no te inscribas si vas a llorar…! etc.,etc.,etc.,  Pero mejor llamé a la mujer nueva, y la abracé, la dejé llorar y luego le dije todo lo que había logrado. ¿Oíste la porra? ¿Te diste cuenta que supiste dominar el nervio que el vídeo no funcionará y retomaste bien tu tema?

Luego, ya calmada, sonreía. Me confesó que le encantó oír cómo sus compañeras la apoyaban. Yo le confesé que estaba feliz de no haber partido la quesadilla para los jueces… Ahora nos serviría para brindar con cafecito…
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¿Quieren leer un cuento que escribió Ximena? Lo publicaron en el Universo de Leo de Prensa Libre. Pueden acceder aquí 
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La Marimba fue generosamente invitada a ser parte de la imagen del I Congreso Internacional Familia y Vida. Cordialmente invitados al evento y a echarle una miradita a las fotos en http://www.congresovidayfamilia.org/

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.