Cuando era niña me encantaba que me compraran pollitos en potencia.  Digo en potencia porque los benditos animalitos de la creación eran tan frágiles que nunca tuve uno que mudara su color amarillo por el blanco, que le saliera cresta y menos uno que alcanzara a gritar kikiriki… todos se quedaron en pío, pío.  Asumo que el amarillo pollo es para un niño tan seductor como el verde dólar lo es para un adulto.

En fin, mis hijas no son la excepción a esa regla infantil. A todos les encantan los pollos. Ya hace algunos años, tuvieron un par de ellos.   No es necesario decir cuál fue el destino que a corto plazo tuvieron las aves. Pero la semana pasada en un arranque de algo, Renato les compró a Ximena y Fátima un pollito. Yo tomé la noticia con poco entusiasmo y al pasar las horas, la indiferencia que había mostrado hacia el animal se tornó en antipatía. Lo malo es que no quería decir nada porque sabía que el sentimiento maternal de Fátima iba a quedar lastimado… entonces mejor apliqué ese sabio consejo de las abuelitas: «machete, estate en tu vaina«.

El pollito llegó viernes y para el sábado a medio día yo no hubiera tenido conflicto en incluirlo con los cuadriles de pollo que freí para el almuerzo. Atormentada por el incesante pío, pío mi mente cayó en maquiavélicos planes para lograr que la nueva mascota pasara a «mejor vida». Recordé incluso a una amiga que de pequeña echó a su pollito al inodoro y sin escrúpulos bajó la palanca del agua.   

De momento, todo el viernes y sábado los transeúntes evadimos al pollo para no aplastarlo, patearlo o cualquier otro accidente que resultara fatal.  Fátima lo emponchaba, para lo que asaltó el moisés de Sebastián  ¡ !, le daba arroz, agua, lo cuidaba de Rabito, le platicaba…

Al fin, el tiempo me dio la tranquilidad. Yo calculé que el pollo no llegaba a lunes. El domingo que regresamos de nuestras habituales actividades el pollito aún andaba por toda la casa, recitando su monótona canción. Pero el lunes, la primera noticia que Anneliese y Emilio me dieron fue: ¡se murió el pollito!  Como Fátima y Ximena estaban en el colegio, decidimos improvisar un lugar para aislar el cadáver para que ellas pudieran darle el último adiós.  Y eso fue lo más triste que pude ver ese día. Sin mucho tacto, sus hermanos dieron la noticia a las dueñas. Ximena se entristeció, pero Fátima lloró y lloró y lloró. Yo la abracé para consolarla. La verdad era difícil decirle algo dado mis torcidos pensamientos en los días anteriores.  Sin embargo, su llanto era tan sincero  que yo hasta tuve la sensación de haberme convertido en una gallina deseosa de tener más polluelos a los que cuidar.  Gracias a Dios, la tristeza pasó y mis buenos deseos también se esfumaron.
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¡Notición, notición! Los esfuerzos de la Xime tuvieron sus frutos: este año será la candidata a reina infantil de su clase. Consejos y estrategias, no dude en compartirlos.

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.