En mi familia, el cabello siempre ha sido un tema que literalmente da “tela para cortar”. Empezamos mal casi desde el principio. La primera vez que llevamos a Ximena a un salón de belleza fue un ensueño: la chiquilla se portó valiente y no lloró; nosotros nos distribuimos en dos comisiones. La de atención y la de farándula. Yo le hice compañía en todo momento, le señalaba el timón del carrito que “conducía”, le componía la capa… Renato le tomó una y mil fotos.  Todo fue digno de memoria.  

Sin embargo, en la segunda ocasión un remolino se llevó la fantasía y todo se convirtió en caos.  Como Ximena no tenía aretes, el hombre del salón pensó que era un varoncito. Así que con toda confianza le dio no el primer tijeretazo, sino el primer ¡maquinazo! Le pasó la máquina con una determinación que cualquiera desearía poseer.  Cuando yo me di cuenta, exclamé ¡es una nena! Al señor se le congeló la ternura y me dijo: ¡Ay Dios!,  le vamos a cortar estilo honguito. Y así fue.  Creo que Ximena intuyó lo que le estaba sucediendo porque lloró y pataleó hasta que el hombre la liberó de la esclavitud de la máquina.   Yo llegué a mi casa avergonzada por no haberme dado cuenta a tiempo… Cuando Renato la vio, fue presa de la indignación y expresó palabras que aún ocho años después recuerdan mis familiares. 

El pelo creció, Ximena también. Fátima nació y también creció. Después del incidente fungi, buscamos otro salón. En las primeras ocasiones todo funcionó bien. Pero un día, parece que la telenovela estaba muy interesante y a la señorita del salón se le fue la mano y cortó más de lo debido.  Las dos se quedaron con un estilo, digamos que no muy femenino… pero lo más lamentable de esto fue que a Fátima se le esfumaron sus colochos.  Colochos de guayaba que endulzaban nuestras miradas.  Ni modo, ahora es pelo liso y de sus rizos, sólo quedan fotografías.

Ya íbamos 2-0 cuando a Anneliese, quien también es colocha, le cortaron de un lado más abombado que del otro. Lo bueno es que sólo se notaba cuando la peinábamos con dos colas.  Ahora, le cuidamos su cabello como no lo imaginan. Le compramos su champú especial y preferimos que sólo le recorten las puntas no más, para no arriesgarnos.
Pero la goleada nos la han dado con los varones. La primera vez que  le cortamos el cabello a Emilio y a Nícolas todo fue muy bien. Pero después, por un desconocido afán de prueba-error, hemos cambiado algunas veces de salones y todos los cambios han representado una decepción por no decir tristeza, por no decir arrepentimiento, por no decir golpes de pecho.  A Emilio, la segunda vez, le pasaron la bendita máquina y el pobre tenía la cabeza como queso… con hoyos por todas partes. A Nícolas, hace pocos días que le cortaron de más… tanto que cuando lo vi por primera vez, la imagen que se vino a mi mente fue la de un niño estratégicamente rapado porque lo intervendrán quirúrgicamente.
10-0. El único que se ha salvado de estos incidentes es Renato. A mí me ha tocado de todo. En una ocasión me dejaron el pelo tan corto que me sentía Lord  Farquaad (sí, ese mismo, el de Shrek). Luego,  tuve complejo de pajecito. Mi trastorno de personalidad duró el tiempo que  mi cabello tardó en crecer y me reivindiqué ante el espejo.
Después del último incidente con Nícolas, no queda más que afianzarnos en la convicción que es mejor lo viejo conocido, porque sino en lugar de preguntarnos “¿Pasó la muni?, nos interrogan ¿se durmió en el caballito?
Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.