Por mil motivos. ¿Irrelevantes? A veces, pero en muchas ocasiones más objetivos que las razones por las que nos enfadamos los adultos.
En nuestra marimba sólo es necesario que uno de los cinco encienda la chispa y entonces el incendio tormentoso de una pelea puede durar minutos o fugaces segundos. La mayoría de ocasiones es simpático oírlos pelear, en otras; hay que poner orden porque si no, la cuestión puede terminar en un cuadrilátero.

-¡Chocha! – le dice Emilio a Anneliese.
-¡Chocho vos! Responde la ofendida.
-¡Anneliese es chocha!
– Mami (o papi), Emilio me dijo chocha…
-¿Y qué es chocha, pues? pregunta el árbitro, mientras Emilio se muere de la risa
– Saber, pero me dijo chocha…
-¡¿ ?!
Y así, decenas de motivos: me dijo fea, me sacó la lengua, me dijo que no me quería, se rió de mi dibujo, me dio a oler su mano… entre otros que realmente sólo la magia de los niños puede inventar.
Sin embargo, no todo es imaginación. Lamentablemente, los insultos se pegan como calcomanías en el lenguaje de los niños, y de vez en cuando repiten palabras que escucharon de sus amigos, en el mercado o en cualquier otro lugar.  En esos momentos, las risas paternas se congelan y entonces exigimos respeto para el agredido. El ritual de pedir perdón después de una ofensa es común en nuestra casa, así como la seriedad para exigir que no se repitan esas palabras o gestos de mal gusto.  También como sabemos que aprender a disculpar  es todo un arte, animamos al ofendido para que olvide y perdone de verdad.
El carro puede ser escenario para pasajes rosas, pero también para infinitas batallas. Me dijo, te dije, me dijeron; no, él no dijo fue ella… Correte, no te acostes que no cabemos… Mami, Anneliese me cayó encima… No, vos fuiste la que se puso debajo… De dos que inician, cuatro terminan opinando quién fue el verdadero culpable. ¡Auxilio! Por eso, creo que es sana la estrategia sugerida por Renato. Si no es necesario intervenir, es mejor silbar y quedarse al margen. Así como se pelean, se abrazan, se vuelven a pelear y se vuelven a abrazar… y si uno intervino pues, a su hígado nadie lo apapacha.
Pero no todo son palabras en el inframundo, también hay jalones de pelo, arañones, manadas, zapatazos, almohadazos, patadas… Los papás ninja deben entrar en acción y someter las artes marciales a evaluación para que quien está equivocado reconozca su error o, por lo menos, no defienda lo indefendible.
Para calmar los ánimos hemos imitado una estrategia aprendida del programa Superniñera: hay una advertencia previa al castigo. Si la pelea continúa, entonces se aplica. El más común es enviarlos a que estén en su cuarto  3,5,7,8 minutos… todo proporcional a su edad.

¿La pelea más memorable? La que arma Nícolas todos los días, porque ya terminó su turno de ver Nick Jr. y son sus hermanas quienes toman el poderío de la televisión. Llora, grita, las señala, hace picos, llora más fuerte… hasta que se rinde y juega de cualquier cosa con Emilio.

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.