«Pregunta… sólo pregunta». Cuando oigo estas palabras, inevitablemente siento mariposas en el estómago… Todos saben que las preguntas de los niños no son fáciles, y todos saben que en la medida en que se les responda conjugando imaginación y análisis, el intelecto de los infantes se irá nutriendo. Así que después de saber estas dos premisas, a cualquiera le duele el estómago cuando un niño le anuncia que le va a preguntar algo.
En mi familia, esa frase siempre es el escape de una reflexión que ha sido masticada una y otra vez, y que a veces no ha encontrado respuesta.  Entonces, mis hijos acuden a sus papás para ver qué piensan ellos sobre ese tema.  He oído todo tipo de preguntas. De las que sonrojan, de las que hacen doblarse de la risa, de las que te dejan frío en un abrir y cerrar de ojos… Pero todas te dan chance para conocer a tus hijos e influir en ellos, y cada pregunta es como si leyeras de un tirón un libro de Shakespeare. Todas, todas te ayudan a profundizar en  la naturaleza humana.
Algunas de las preguntas que mis hijos han  formulado:
– ¿Por qué Dios creó pobres a los pobres?
– ¿Qué pasa si un día te da cáncer?
– ¿Por qué tienes una gran panzotota? ¿Vamos a tener otro hermanito? (Gracias a esa pregunta, yo me puse a dieta)
– ¿Por qué ese señor no tiene dientes?
– ¿Qué vas a hacer cuando seas viejita?
– ¿Por qué Jesús venció a la muerte?
–  ¿Nosotros somos pobres?
– ¿Por qué yo no estoy en las fotos cuando ustedes se casaron?
– ¿Por qué te gusta tanto dormir?

Como ven, los niños son más interdisciplinarios que el mayor erudito del mundo. Esa curiosidad alimenta el día a día y le da un cierto aire de incertidumbre y de reto. Ante toda nueva pregunta, hay que pensar una buena, atractiva y, si cabe, divertida respuesta.

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.