Uno de esos días que promete ser precioso, que hay silencio en tu colonia, que tus niños te obedecen a la primera, que piensas que podrás robarle unos minutos al dios tiempo y leer a tu autor favorito, que te ves al espejo y sólo miras belleza; llega un inesperado desencanto…  

Estás junto a tu esposo platicando languidamente, viéndolo a los ojos, enamorándote más, cuando de repente una vocecita pide con insistencia: Papi, enseñáme tus músculos. El hombre por naturaleza, creo yo, siempre tiene algo que mostrar. Así que mi esposo aunque es delgado hace la célebre exhibición y al terminar, ya hay cinco admiradores diciendo: ¡Oooooh! 

Hasta aquí, vamos bien. El problema es cuando le dicen a la mami ¿Y tus músculos? Como soy poco humilde y me gusta tomarle el pelo a mis hijos respondo: «Se los voy a enseñar.Sólo que los míos en lugar de estar para arriba están para abajo…»  Levanto mi brazo y aquella piel que solía ser fuerte, cae atraía por la gravedad en todo su flácido esplendor.  Y el ¡Oooooh!  se repite.  Es más, preguntan: ¿Puedo tocarlos? 

Sé que mis hijos no morirán engañados y que algún día no muy lejano descubrirán el por qué de la diferencia. Para mientras, aún creen que su mami es musculosa, igual o más que su papá…  Yo muero de la risa sólo de pensarlo, pero poco a poco la «mentira» me ha empujado a tomar acciones. 

Ahora, he nombrado entrenadoras profesionales a Ximena y Fátima. Casi todos los días salimos a recorrer los entresijos de nuestra colonia. Cuatro vueltas y suficiente para llegar pidiendo agua tal y como si hubiera regresado del desierto.  Mientras caminamos, nos admiramos de la naturaleza, ellas corren como ardillas de un lado a otro y las tres cantamos de vez en cuando la tonadita: «Músculo, músculo, puro músculo es lo que quiero ser… Por eso le doy duro, por eso me torturo..»  Hasta aquí  sabemos la letra, pero hemos prometido que la aprenderemos completa.

Por supuesto que el ejercicio me ha ayudado a que poco a poco, los músculos resistan la fuerza de la gravedad. Pero mi parte favorita de estos recorridos, es saber que mis hijas los disfrutan porque son «caminatas conversativas» como las denominó Ximena.  Ese tiempo es para hablar de cada una, para reírnos y también para pelear.  A veces hace bien pelear, los abrazos después son más sabrosos.

Algunos días se une a la expedición Anneliese, quien como guepardo inicia velozmente, corre y salta, salta y corre… pero al inicio de la tercera vuelta va ya calladita. Eso significa que está cansada y necesita regresar a la casa. Sin embargo, debe completar las cuatro vueltas.  Nícolas se apuntó en una ocasión. No necesité ser Nostradamus para saber que ese día además de caminar, iba a hacer pesas.   Efectivamente, a la primera vuelta Nícolas se durmió y tuve que cargar no sé cuántos kilógramos. 

En semanas como la que acaba de terminar, en la que tengo mucho trabajo de consultorías; las caminatas se reducen a una por semana.  Se nota el vacío. Bueno, también el lleno… porque la pesa no perdona y me señala con dedo acusador cuantas libritas subí.  Cuando las caminatas se postergan, mis hijas, rondan por mi lugar de trabajo, me miran con ojitos de ¿ya vas a terminar?, me van a dar besitos para saber cuántas páginas me faltan… Como es inevitable que esos lapsus se den, tratamos de compensarlos con algunas actividades el fin de semana. Por ejemplo, el sábado que acaba de pasar nos «echamos una chamusca» de la que salí exprimida, sin aire, con taquicardia y con la cara estirada de tanto reírme. Ellas terminaron felices y luego de un momento, todavía pidieron jugar de lobo.

El juego de lobo es una invención de Renato, que como es más atlético que yo, puede perseguirlas por los siglos de los siglos.  No hay día que no pregunten: ¿podemos jugar de lobo?  Yo silbo y Renato les contesta: sí, vayan a ponerse tenis y salimos.  Cuando inevitablemente debo jugar, trato de correr a Nícolas y a Emilio, quienes aún son presa fácil.

Gracias a nuestras actividades deportivas logramos fortalecernos físicamente, pero el gran ganador es el músculo por excelencia: el corazón.  Corremos unidos, gritamos unidos, saltamos unidos. Latimos a un solo ritmo y eso es bueno.

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Noticia de última hora: Este sábado 12 de junio, Nícolas cumple dos años. ¿Qué alegría, no? 

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.