Es increíble la sed de bebés que hay en mi familia. Mis hijos continuamente repiten: Sebastián ya está grande… ya nos hace falta un bebé. Yo asiento porque a mí también me hace falta chinear. Obviamente, soy consciente que entre manos tenemos el presente y el futuro de seis niños y que eso no debemos perderlo de vista. El día a día de mi familia debe ocuparme más que mis anhelos de ser madre de septillizos.

Pero la verdad es que me enternece mucho el deseo de mis hijos de ensanchar su corazón para acoger a uno más. No puedo más que sonreír cuando escucho expresiones como:

– «Ya creció nuestro Sebastián»
– «Mami: voy a pedirle a Dios que te ponga otra bolsita para que podas volver a tener hijos».
– «¿Y si adoptamos uno?»
– «Ya nos hace falta un bebé… A papi también le hace falta porque hoy escuché que le estaba hablando al conejo de Anneliese».
– «El primer día del colegio del Gordo, yo voy a llorar porque ese día deja de ser nuestro bebé».

Hasta Sebastián, el adulto de tres años,  me dijo un día: «los bebés son muy tiernos».

¡Qué puedo decirles! En silencio, agradezco que antepongan el amor que pueden compartir a las limitaciones económicas y espaciales que supondría un nuevo miembro (¡creo que esto ni se les atraviesa por la cabeza!). Y cuando siento nostalgia por mecer a una preciosura de carne y hueso, me desquito dándole un abrazo al primer marimbero que se me ponga enfrente. 

Sobredosis de amor le dicen.

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.