En mi casa generalmente hay muchas razones para celebrar. Desde nimiedades hasta grandes triunfos.  Todas las celebraciones son entrañables, aunque sean sencillas. La última fue la conmemoración del Día de la familia.  Brindamos hasta ver a Cristo, con helados de cono.  Lo normal, es que aplaudamos,  gritemos porras o simplemente nos abracemos cuando cualquiera alcanza una meta: la vuelta de gato  que logró hacer  Anneliese, el 100 en algún examen de Mate,  la primera vez que Nícolas dijo ne-na, la canción que Emilio interpretó ante su selecta audiencia en la sala de nuestra casa…
En algún momento de inspiración, yo pensé que si Rafael Alvira había definido el hogar como el lugar al que se vuelve; entonces la familia es el amor del que se vive.  Y eso lo compruebo día a día.  Sin embargo, en las celebraciones ese afecto se palpa con los diez dedos de las manos.  Quizá el agasajo preferido  es cuando nuestros hijos decidieron romper su cochinito y comprar una bomba Sarita para celebrar los nueve años que sus papás llevaban de casados.   Por supuesto, que entre cucharada y cucharada, ellos se comieron el 50%… pero la intención es la que cuenta.

Ahora bien, el que hasta el momento se lleva el premio de organizador es Renato.  En relativamente poco tiempo, me ha dado dos agradables sorpresas. Con la complicidad de los cinco peques, prepararon dos cenas inolvidables. Una para felicitarme porque terminé una maestría y la otra para congratularme por un nuevo puesto en el trabajo. Además de una cena rica, prepararon sangría y una receta milenaria de champagne casero.  Con la sangría, yo temí  haber tomado mucho. Lo primero que hice fue contar a mis hijos y como vi cinco y no diez, me quedé tranquila.

En las dos ocasiones, hubo tarjetas bordadas con la sencillez de los niños, canciones, coreografías y sobre todo, palabras.  Pensamientos que emergen en estado puro y hacen que el corazón se prenda en fuego (como dirían las Chicas del Can).  Cada frase que me dijeron en esas ocasiones,  es como un tatuaje.  Cada gesto me hizo recordar lo que escribí en la dedicatoria de mi tesis de licenciatura. Siempre que vuelvo a leerla, pienso que me quedé corta: «Renato:  has sido mi apoyo, protección y anclaje. Nada sería si tú no estuvieras a mi lado. Ximena, Fátima, Anneliese, Emilio y Nícolas: son los encargados de bombearme ánimo y mantener vivas mis aspiraciones». 

Para julio, Renato y yo acordamos instituir una nueva celebración. Por el momento, es top secret y ni mis hijos ni nuestros lectores podrán saberlo hasta que llegue el Día D.
Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.