En mi interior escuchaba la banda sonora de la película Tiburón. Era la primera sospecha que algo pasaría. Luego, ese indicio se materializaba con la pregunta ¿Mami, te ayuyo? Al oír esto, sentía escalofríos.
La buena intención de uno de mis hijos se traducía (y multiplicaba) en tener sentados sobre el mueble de la cocina a dos niños y a otras dos cabezas apoyadas en una silla. El “te ayuyo” era sinónimo de peleas por quebrar los huevos, echar la sal, el aceite, revolver todo lo que se tuviera que revolver, etc.  Mi resistencia a dar la bienvenida a esa incondicional solidaridad era porque mi talento para la cocina es…  bueno quedemos en que es… y si lo visualizamos metafísicamente es mejor el ser que la nada.  Eso significa que para cocinar algo más o menos complicado soy esclava de las recetas y por si eso fuera poco, debo (necesito) concentrarme más que cuando estudio.  Un despiste se traduce en un cambio de ingredientes o de cantidades y por lo tanto, en platos fallidos.
La cuestión es que el interés de mis hijos por sumergirse en la aventura culinaria era creciente entonces resultaba necesario ¡urgente! hallar estrategias para que cada encuentro gastronómico no se convirtiera en una tomatada española a la casera.  La táctica elegida fue la del “cluster”. De esa cuenta, Ximena es única cocinando el chirmol. Fátima prepara el mejor guacamol que he probado en mi vida. Anneliese y Emilio cortan inigualables cuadrados  triangulares de jamón; y preparan un refresco instantáneo con la exigencia de un catador.  Nícolas no se queda atrás pues quita y coloca vasos dentro del mueble con la agilidad de un bartender.
Adicional a los evidentes resultados culinarios,  hay otros más satisfactorios. Uno de ellos es la amistad que crece en la medida que cocinamos. Temas triviales y trascendentales se conversan a fuego lento mientras se llora con la cebolla.  Además,  la cocina es una fuente de risas… como cuando en lugar de galletas con chispas de chocolate, “salieron” champurradas cuadradas  porque la chef en jefe intercambió las medidas de harina y mantequilla.
Por otra parte, el delicioso aroma de la amabilidad se percibe mientras comemos el fruto de nuestro trabajo. Siempre más de alguien pregunta ¿Quién hizo la ensalada? Te quedó muy rica…  Y esa amabilidad se convierte en cariño como cuando Ximena y Fátima se levantan temprano, y en silencio preparan un delicioso y práctico desayuno para sus papás.
Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.