Aunque Cantinflas, uno de mis actores favoritos,  insistía en que se debía tener sex appeal, yo siempre relacionaba esto con Frescapil, lo que tenía que ver necesariamente con dientes sanos y en una fatal y lógica deducción: todo terminaba en el dentista.  Yo era tan reacia y temerosa para ir al odontólogo que cuando tenía cita, así tal cual, me empinaba un mi vasote de agua bendita.  Algunos de mis hijos heredaron ese temor, otros son más valientes.

La que más ha sufrido para tener una sonrisa digna de modelo de revista es Ximena.  Para empezar, creo que a sus dientes les echamos más abono del necesario y más que raíz tienen un tubérculo… de verdad, no exagero. Las raíces son más grandes incluso que los dientes, entonces cuando a la pobre le han extraído piezas realmente le queda en su ser, un gran vacío.  Si estuviéramos en los tiempos de las abuelitas, con los dientes de Ximena no fabricarían aretes, sino llamativos dijes o anillos.
Las aventuras de la Xime en el odontólogo iniciaron a los cinco años. En la primera visita todo fue ternura y ella entró sola a la clínica y salió sonriendo.  Luego, cambiamos de clínica y entonces la pobre pataleó y lloró por culpa de una hormiguita muy peculiar pues tenía una aguja que solo de verla, yo me mareo.  Allí empezó el trauma.  Después, era necesario hacerle varios tratamientos entonces nos recomendaron que lo mejor era doparla y mandarla a soñar con princesas mientras los dentistas hacían su trabajo.  Todo muy bien hasta que despertó de la anestesia y vinieron los efectos secundarios.  Ese día, llegó a casa noche muy noche y su mami le tenía lista una rica sopita para el alma.
Algunos años después, vimos que un diente chistoso estaba saliendo fuera de su lugar. No quería estar en el área VIP, sino en la general.  Estaba muy, muy atrás. Algo había que hacer.  De nuevo al dentista y le colocaron un tipo de frenos que no eran del todo ortodoncia, pero casi.  Después de varios meses y un accidente, su diente volvió a primera fila.  Lo del accidente ha sido, quizá el peor susto de nuestra vida. 
Una apacible tarde de sábado, Ximena anunció que se le había zafado uno de los alambres de sus frenos. La práctica común en esos casos era una travesura de sus papás: cortarlo como Dios nos ayudará para que no le lastimaran las paredes de su boca.  Eso hicimos pero el alambre era diminuto y yo con mis estilizadas manos de princesa me encargué de cortarlo. Tan estilizadas eran que ¡Ximena se tragó el alambre!  Tosió, carraspeó, quiso vomitar, palideció y lloró angustiada pensando que se iría a jugar a otro Paraíso.  Para mientras, Renato daba vueltas en la casa buscando agua, yo le abría la boca para ver si mi ojo biónico podía localizar  el alambre, la consolaba e insistentemente le preguntaba ¿Dónde lo sentís? Ella me decía que adelante, que atrás, que de lado, que de frente, que no podía respirar…
Se puso más pálida y yo le dije a Renato: ¡hay que llevarla al hospital! La ambulancia particular salió volada. Yo me quedé bajando y subiendo a todos los Santos y respondiendo preguntas infantiles del tipo: “¿Ximena se va a morir?, ¿Qué pasa si no regresan?, ¿y si la operan?”  Yo no quería pensar y les decía: no va a pasar nada, muchá. A ver le vamos a rezar al Ángel de la Guarda y luego van a ver  tele un ratito para que se distraigan (o sea, para que ya no me pregunten más cosas angustiosas).  Dos horas después, llegó Ximena aún convaleciente del susto, Renato con cara de circunstancia y yo los vi con un signo de interrogación en mi cara.  “La examinaron, le hicieron radiografías y nada, no hay alambre”.  “No puede ser” –repuse-. “Los milagros existen”, me dijo Renato.
Yo, mujer de poca fe, interrogué a Ximena: “¿Estás segura que te lo tragaste o no? ¿Pero segura, segura, segurísima?”  Ella aún asustada me veía con cara de mami hombre.
La historia de los demás no ha sido trágica. De hecho, Fátima anhela ir al dentista.  A Anneliese también la dopamos y le pusieron unos casquitos, que no pasan de ser motivo para que sus hermanas la molesten; y justo ayer se le cayó su primer diente, eso quiere decir que el Ratón dejará algunos quetzalitos para un gusto.
Las historias del roedor generoso merecen un post aparte pero ni modo, los niños ahora son más chispudos que el Chapulín Colorado y un primo que es más fresco que una lechuga les dijo a mis hijas que ni el ratón ni Santa existían…; entonces no tuvimos más remedio que revelar la cruel y dura verdad: Renato Mouse o Andrea Mouse son quienes colocan el dinerito debajo de la almohada.
Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.