Tengo una hija a la que no voy a nombrar (pero que estoy viendo) que es pilitas para los exámenes. Yo ya le dije que le voy a cambiar el nombre y le voy a poner Fulanita «Solo Cienes»… Me gusta molestarla porque  eso de tomarse a pecho las calificaciones es bueno, pero no tan bueno. Me explico ahora.

En nuestra casa una de las frases más tradicionales es: vale más el esfuerzo que la calificación. La idea es promover el crecimiento de la voluntad y no solo del cerebro, asi como la apreciación por las habilidades que cada uno tiene. 
La cuestión es que grabar esto en los hijos no es tan fácil.Les cuesta comprenderlo, a algunos por exceso y a otros por defecto.
Por ejemplo, la «Solo Cienes», se pone nerviosa, triste, llorosa cuando saca un ¡85! Yo intento mostrarle que la frustración es mala compañía, que ese 85 puede ser un 100 si su pasión y disciplina impregnaron la tarea. Ella a veces me mira dudosa, y yo adivino que considera esos pensamientos como tendencias mediocres.
Pero, la soñadora de la familia se pone triste cuando compara las notas con «Solo Cienes» y me reclama que por qué a ella no la felicito, que por qué, por qué y por qué. Le vuelvo a explicar la teoría y al mismo tiempo le doy sugerencias sobre cómo puede concentrarse mejor, no para que saque cienes sino porque su disciplina debe fortalecerse. Si sabemos que ese 70 es producto de un estudio constante, atento y ordenado, Renato y yo la felicitaremos igual o más que si hubiese sacado un 100. 

Hoy entregaron notas en el colegio, a estas alturas aún no sé cómo les fue porque Renato fue el padre responsable que asistió a la reunión. Yo creo que todo va bien… bueno casi todo. Uno de los objetivos para este año era «abrir la mente de mis hijos». Quiero que sean soñadores, creativos, cultos, lectores, risueños, descomplicados. Y la academia, por el momento, les da sus empujoncitos pero son muy sutiles. Así que la meta de este bimestre es leer a María Montessori y pensar cómo puedo animar a mis hijos a despegarse un poco de los paradigmas y ver el mundo con otros ojos. 

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.