– Quiero un teléfono
– ¿Para qué?
– Para estar en onda…
– Mmm. Entonces compra uno con tus ahorros.
– ¡Ah! Solo me alcanza para un frijolito
– Va, pero es un teléfono…
– Pero yo quiero un touch…
– Mmm. Entonces ahorra más…
– ¡Qué tragedia!

Ahí sí ya no pude más.

– ¿Tragedia? Vamos a leer una verdadera tragedia.

Abrí el periódico. Unos minutos antes yo estaba leyendo y vi una noticia conmovedora: una pequeña historia de unos aún más pequeños niños que «trabajaban» en un basurero.La leí en voz alta y a Ximena se le entristeció el alma. Mi idea no era hacerla sentir mal, si no aterrizarla en la realidad. Entonces le di un medio abrazo y le dije: «Mija linda, no tener teléfono no es una tragedia. Solo hay que abrir los ojos y fijarnos en lo que están cerca para darnos cuenta que hay personas que sufren mucho». Y luego, sirviéndome de una triste escena que corría frente a nosotros, rematé diciendo: «Te apuesto que pasan 20 minutos y esa señora no deja de ver su celular y su hija no deja de ver su maquinita de juegos, y no se hablan ni se miran ni nada». Gané la apuesta. Y entonces, cerré el asunto con «esa también es una tragedia…«

Y bueno, qué les puedo decir. La Xime sigue queriendo su touch pero sus comentarios son más mesurados. Sin embargo, un suceso despertó nuevamente su deseo. ¡Viene Violeta!,    -me dijo un día-. A mí me dio frío. La estrella del Disney Channel viene a Guatemala y la niña quería ir a verla. Bueno, sus hermanas también. Pero la Xime era la que frenéticamente llamaba a Radio Disney para ganarse la entrada. 

Renato y yo la animamos a armar un pequeño negocio para reunir el dinero y poder ir. Nosotros no podíamos pagarles el concierto pero sí les podíamos facilitar los medios para que se esforzaran, ahorraran y compraran la entrada. Por supuesto que en el camino, la Xime soltaba sus comentarios del tipo: ojalá tuviéramos dinero para…, imagínate si te ganaras la lotería…, yo quiero ir pero no a la última fila… 

Compramos y vendimos chalinas y collares. El negocio iba lento pero prometedor. Y en esas estábamos cuando Dios nos mandó un gran regalo. Bueno, varios. pero acá contaré uno nada más. Resulta que yo estoy en temporada alta de revisión de tesis. Mis hijas saben lo que eso significa y me han apoyado moralmente. Esta semana finalicé dos. Entregando una, me topé con un ángel. La conversación se dio con espontaneidad, lo cual me sorprende dado mi naturaleza tímida. Bueno, entre una y otra conversación sobre nuestras familias, me sale con una pregunta/sorpresa: 

– ¿Sus hijas conocen a Violeta?
– ¡Por supuesto! 
– Y les gustaría ir…
– Claro…
– ¿A quién quiere llevar?
– Pues las tres chicas quieren ir. -le conté un poquito sobre el mininegocio- 
– Le doy cuatro entradas VIP
– ¡Me va a hacer llorar!
– …para que las lleve. 
– ¡Ay no! ¡Usted no se imagina la ilusión que les da ir! Ay no… estoy a punto de llorar.

Nos despedimos de común acuerdo porque no queríamos llorar frente a frente. El ángel se fue y yo me quedé sin palabras. Estaba desarmada. 

Está de más decir que en nuestra casa marimbera hubo gritos hasta el infinito. Ximena y Anneliese habían rezado intensamente y Dios las escuchó. Así que, lo que nació como una «tragedia», se convirtió en una oportunidad más para que nuestra familia saboreara la bondad de las personas y la de Dios.

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.