La montaña rusa de las vacaciones llegó y con ellas el recordatorio de Chesterton: «La aventura podrá ser loca, pero el aventurero ha de ser cuerdo».  Renato y yo tratamos de seguir el consejo  procurando que la inversión fuera proporcional a nuestro tesoro escondido bajo el colchón. 

Había alternativas divinas, pero cuando las multiplicábamos por cinco… ¡Jesús, María y José!, mejor tocábamos madera y nos olvidábamos de la posibilidad. A pocos días de iniciar noviembre, teníamos dos alternativas:

1. Contratar a una patojona chispuda que estuviera dispuesta a bailar la pelusa, cantar, saltar, escalar… ejercitar la paciencia, la alegría y el afecto. Ella sería la encargada de entretener a la mano de niños de mi casa. 

2. Inscribirlos en un curso de natación y ser nosotros los patojos chispudos que se comprometieran a ir  y venir, planear actividades y demás. 

La primera opción era votada por los más pequeños, mientras las grandes eran férreas opositoras.  Así que después de una pequeña consulta popular y de hacer sumas y restas, nos decidimos por la natación. 

El asunto fue posible entre otras cosas, porque el instructor nos dio precio de docena y así la vida es más sabrosa… Entonces el plan ha sido: martes y jueves al agua patos.  Renato está de vacaciones y yo hago garabatos para acomodar mis reuniones y actividades en los tres días restantes.

El plan original era que luego de las clases de natación, hiciéramos una «actividad en familia», como les gusta llamar a cualquier cosa en la que tengamos que andar toda la mara junta. Así que después de la natación, hemos visitado abuelitas, pintado paredes, visitado cumpleañeras, jugado partiditos de futillo…. Nos quedan en la lista varios planes: visitar un asilo, asombrarnos en un museo, ver una película juntos.  En fin, los martes y jueves se están convirtiendo en un maravilloso curso de vacas.

La clase de natación es cuestión aparte. Todos salen exhibiendo sus logros, hablando de burbujas, de pataleo, de quién aguanta más tiempo debajo del agua, etc, etc, etc…  A mí la parte que más me gusta de la clase es cuando Roberto (así se llama el teacher), les  anima a la valentía con argumentos tan lógicos que en lugar de una clase de natación siento que están en la escuela de la vida. 

Sospecho que diciembre será un mes gozoso. Aún hay muchos planes que ejecutar: coser vestidos para barbies, decorar la casa, terminar de pintar paredes, ir al IRTRA…  iDiomío si fuera por nuestros hijos todos los días deberían ser martes y jueves. 
———————————-
Manteles largos: Emilio cumple 7 años el domingo y el lunes, Ximena arribará a los 11. El ponche será la bebida oficial.

Soy mamá de seis hijos y directora editorial de Niu. Me confieso como lectora empedernida y genéticamente despistada. Escribo para cerrar mi círculo vital.